TODA UNA VIDA

FRANCISCO MOYANO

EL domingo cuatro de diciembre de 1977 la ciudad de Málaga fue un caos; una manifestación reivindicativa, con carácter festivo, terminó en tragedia, con el asesinato (no aclarado cuarenta años después) de un joven obrero, de diecinueve años, Manuel José García Caparrós. Aquel domingo de diciembre disparos policiales le arrebataron toda una vida. Un grupo de estudiantes de Marbella, recién incorporados a la universidad, llegamos aquella tarde a la calle Córdoba, donde tenía su estación Automóviles Portillo; las calles del centro de Málaga eran un tumulto; la presencia policial multitudinaria y las carreras fueron una constante durante aquel día y los sucesivos; durante una semana salir de Málaga era tarea difícil. Y sin redes sociales ni teléfonos móviles. Incluso llamar a Marbella para tranquilizar a las familias no resultaba nada fácil. Han pasado cuarenta años, desde los inicios de la democracia, llegada pacíficamente en líneas generales, pero con la presencia de graves episodios sangrientos que la historia no puede ni debe ignorar. Llevamos más tiempo en el estado de Derecho que en dictadura, pero, a pesar de ello, siguen existiendo muchas asignaturas pendientes que evitan, a estas alturas, que determinadas páginas negras de nuestra Historia puedan pasarse definitivamente. Legislación existe para ello, pero la voluntad falta y la ausencia de consenso actualmente (fundamental en la Transición) debería avergonzarnos. Hace cuarenta años Marbella era una ciudad muy distinta a la actual en algunos aspectos, aunque muchas de las carencias de infraestructuras de entonces, siguen siendo las ausencias de ahora; y no solamente la constante tomadura de pelo con la cíclicamente anunciada llegada del tren. En los días de 1977, cuando Andalucía pugnaba por su dignidad, reivindicando el trato en igualdad de condiciones con otras regiones de España, Marbella era una ciudad con menos de la mitad del censo de población actual. Contaba con un solo Instituto de bachillerato, situado en la calle Notario Oliver (entonces Finlandia), donde más tarde se ubicaría el actual IES Río Verde. Fue en 1978 cuando se iniciarían las obras para el traslado a un nuevo edificio que se situó en terrenos que ocupaba un improvisado «zoológico» con diferentes jaulas de pájaros y animales; pasaría a denominarse IES Sierra Blanca. Las infraestructuras sanitarias eran mínimas. En el terreno cultural se carecía de teatro, aunque sí había una biblioteca pública y una sala municipal de exposiciones. La corporación municipal estaba presidida por Francisco Cantos Gallardo; Francisco Palma Sánchez era el Teniente de Alcalde. En sesión plenaria del Ayuntamiento, celebrada en el mes de enero de 1978, en el punto diez del orden del día, se dio lectura a un escrito presentado por las Coordinadoras de varios partidos políticos y centrales sindicales, referentes al cambio de nombre de dos calles de la ciudad. Las Coordinadoras solicitaban que la calle de José Antonio Girón pasase a llevar el nombre de Blas Infante y la plaza de la Victoria recibiese la denominación de García Caparrós. La Corporación, por unanimidad, decidió seguir manteniendo el criterio sostenido hasta entonces, de no cambiar nombres de calles, aunque tomaban nota para la ocasión de nuevos viales. En ese sentido, el concejal Luis Fernández Martínez, expresó un voto particular y pidió que figurase en acta; decía: «no procede considerar el caso de García Caparrós, hasta que el comité de encuesta por los sucesos de Málaga no emita su informe. De cualquier forma no me parece oportuno si pensamos en la tan cacareada reconciliación nacional. Tampoco procedente por carecer el fallecido de entidad para que un suceso callejero se transforme en héroe nacional o hazaña local, pues más alta consideración ciudadana merecen ciudadanos y trabajadores (como el caso de Scala) o servidores del orden (que caen casi a diario), con la indiferencia de la Iglesia, del Gobierno y de sus propios compatriotas como nosotros». Cuarenta años después, argumentos como estos no terminan de ser desterrados. Hoy día, en Marbella, Blas Infante cuenta con una plaza y García Caparrós podrá figurar en una calle, si prospera la propuesta de Izquierda Unida en ese sentido. Sin duda, ni al joven García Caparrós ni su familia habrían querido ningún protagonismo, pero también es cierto que se convirtió en un símbolo y su memoria no puede perderse. Es una muestra palpable de que las conquistas políticas y sociales, a veces, conllevan un alto precio.

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