Victoria y derrota

Es paradójico, el Partido Popular Catalán ha sido ampliamente derrotado y su fuerza se ha visto mermada de tal forma que ni siquiera podrá tener grupo parlamentario propio, pero su programa, su acción y sus tesis son las que han ganado las elecciones

JOAQUÍN L. RAMÍREZ

Responder al resultado de las elecciones catalanas del pasado jueves 21 es uno de los ejercicios más complejos de la política española actual. La oferta electoral supremacista, desleal y sediciosa, ha vuelto a conseguir un gran resultado de ruptura, egoísmo y autosuficiencia, infundado y ruinoso. Esta partida va a ser más dura y más larga de lo que nadie pudo pensar. Ha ganado Arrimadas y en votos ha vencido el constitucionalismo, o no ha perdido, pues nadie sabe de qué va Domenech y su partido.

Esa brillante victoria de una candidata joven, dotada de un mensaje claro y hasta simple, arrebatador, sin complejo de ningún tipo y rebosante de fuerza, competencia e ilusión, está llena de mérito, aunque se antoja coja, pues no ha dejado nada a su alrededor que pueda valerle para asociarse y gobernar. 37 diputados es un número más que respetable y haber ganado las elecciones autonómicas, más aún. Ciudadanos -Ciutadans- es un partido que nació en Cataluña y lo hizo para poder llevar la voz de los que no querían pactar con los nacionalistas de la exclusión de ninguna manera. Salidos probablemente de alguna discrepancia interna en los aledaños del PP sociológico sobrevivieron a la nada machacona que el electorado les deparaba elección tras elección hasta dar esta auténtica campanada. Su granero de votos ha sido el del PP primero y una gran parte del PSC. El primero ha sido arrasado y el segundo ha salido lleno de jirones. El tablero tiene 135 fichas y todo avance de una fuerza trae el debilitamiento de otra. Hay cinco escaños más para las fuerzas constitucionalistas, nada que nos pueda hacer soñar con el retorno a la normalidad.

No han funcionado las misiones exploradoras de Iceta con la agencia tributaria catalana, la plurinacionalidad a ratos o el estado federal, ni con perdonar la deuda del FLA, ni con indultar a los golpistas; tampoco con esa pretendida transversalidad, a veces algo equidistante o tentada por una indefinida y en nebulosa tercera vía. Menos aún en el caso del PP, quizá porque todo su mensaje y su campaña era recogida e implementada para que el fruto lo recogiese otro. No ha habido nada que García Albiol defendiera o pusiera de manifiesto que haya dejado de valerle a Arrimadas para incrementar sus apoyos. España y el artículo 155 han sido la solución para que Ciudadanos toque el cielo catalán con sus dedos. Es paradójico, el Partido Popular Catalán ha sido ampliamente derrotado y su fuerza se ha visto mermada de tal forma que ni siquiera podrá tener grupo parlamentario propio, pero su programa, su acción y sus tesis son las que han ganado las elecciones. El inmenso esfuerzo del partido del Gobierno y del propio Gobierno no ha tenido más respuesta que esos tres escaños a los que el PP ha visto reducir sus diputados, aun obteniendo el máximo respaldo a su propuesta y acciones (3...+ 37).

Nadie se engañe, para el PP no hay justificación ni consuelo. La derrota es clara, objetiva y de un tamaño más que considerable, cuando te desangras no es fácil parar esa atolondrada circulación, puedes quedarte sin nada. El voto útil arrasó al PP catalán sin justicia ni proporción. Pero ni cabe morir de éxito ni recrearse en el castigo. La comparecencia de García Albiol, nada más saberse la deriva del voto sin culpar a nadie y asumiendo en primera persona la máxima responsabilidad, habla muy bien de su valor y de su trabajo.

Con la asepsia y el mejor juicio de un cirujano la acción gubernamental en la Generalitat catalana ha sido tan impecable, tan apartidaria y tan desinteresada, que no ha traído para sí el más mínimo rédito material electoral. Así se esperaba y así ha sido, hay más pruebas de las que pueden desearse.

El horizonte de los negros nubarrones sigue ahí, Puigdemont en su ensoñación permanente ha pedido reunirse con Rajoy en el extranjero para convencerle de que renuncie a la Constitución, a la ley y al inalienable derecho de España a su integridad territorial. Esta osadía, que no lo es menos por ser esperada, ya ha sido contestada: cuando quiera que venga. Si los sedicentes ganadores en escaños quieren hacerle president, podrán hacerlo. Sin duda habrá permisos carcelarios para tomar posesión y puede que más aún. Pero Carles Puigdemont tiene cuentas pendientes con la justicia y ello no es objetable, ni su acción puede salvarse. Esta prueba comprometida a que estamos sometidos no ha terminado, pero España ganará, siempre lo hace, porque somos más -muchos más- y tenemos la razón y todo el tiempo necesario.

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