Viaje a Silencio

Viaje a Silencio
Sr. García .
Cruce de vías

Los móviles detienen al viajero y le obligan a regresar a la vida que abandona

JOSÉ ANTONIO GARRIGA VELA y SR. GARCÍA .Ilustración

Nunca salgo de casa en verano. Únicamente cojo el coche para ir al mercado y la panadería. Quizás el hecho de vivir aislado provoca la sensación de estar siempre de viaje. Este año pretendía dejarme de prejuicios y salir de vacaciones en agosto como la inmensa mayoría de la gente. Pensé ir a Japón, Tanzania, Islas Galápagos. Pero escuché una conversación en el puesto de frutas y verduras del mercado que me echó para atrás. Una mujer contaba la maravillosa experiencia vivida en Japón. Dijo que acababa de regresar con su pareja y ya estaban pensando en volver las próximas vacaciones. Por la noche, me llamó por teléfono un amigo de toda la vida para decirme que iba a pasar tres semanas en Islas Galápagos y Ecuador. Me preguntó qué iba a hacer yo y le contesté que encerrarme en casa como todos los veranos.

Hace años viajé en agosto a Roma. Recuerdo que estaba bajando la escalinata de la Plaza de España cuando oí gritar mi nombre. Me volví y tardé algunos segundos en reconocer al compañero de facultad que no había vuelto a ver desde que acabamos la carrera. Me abrazó como si fuéramos íntimos amigos. No cabe duda que cuanto más lejos coincidimos con alguien más próximos nos sentimos. La distancia une. Sin embargo, nunca me he encontrado desprotegido o inseguro en el extranjero, al contrario. A medida que pasan los días voy acomodándome al destino hasta que llega un momento en el que mis relaciones con la ciudad de partida se difuminan en la memoria. No es fácil olvidar la vida cotidiana, pero sólo me acuerdo de vez en cuando. Nunca se olvida nada importante sin querer.

El otro día descubrí un par de lugares atractivos que tienen los mismos pocos habitantes en verano que en invierno. No se lo he contado a nadie para no toparnos en medio de cualquier calle y hablar de lo mismo que hablamos siempre. Este próximo lunes viajaré a la nada. Supongo que allí nadie gritará mi nombre. Voy sin tiempo. Nunca me han gustado los billetes de ida y vuelta. Igual paso el tiempo en la habitación del hotel mirando a través de la ventana. Una ventana al mundo, adonde miran todas las ventanas, incluso las que dan a los patios interiores. No llevaré teléfono. Los móviles detienen al viajero y le obligan a regresar a la vida que abandona. Desde que he tomado esta decisión, agosto tiene otro aspecto aunque todavía no haya llegado. Lo veo venir. No me despediré de nadie, como si no me hubiera ido. Los que me conocen saben que soy despistado y que nunca recuerdo dónde he dejado el móvil. El silencio es contagioso. Si vuelvo, ya contaré cómo ha ido.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos