Viaje a Barcelona

En Barcelona la gente está flipando tanto como nosotros

Txema Martín
TXEMA MARTÍN

Aterrizo en Barcelona. El vuelo estuvo precedido durante varios días por un montón de gestos y comentarios de extrañeza. ¿Pero cómo vas a Barcelona ahora? ¿Se siguen haciendo conciertos en Cataluña? Estás loco. Fantaseo con la idea de no poder coger el vuelo de vuelta porque las calles están tomadas por tanques. Cojo un autobús que tarda quince minutos en dejarme en la plaza de Cataluña. Por las ventanas no hago otra cosa que mirar los balcones. Hay un diálogo de banderas españolas y catalanas. Gente pidiendo hablar. Son, desde luego, muchas menos banderas de las que imaginaba; no hay muchas más de las que se ven ahora mismo en los balcones de Málaga. La ciudad está funcionando. Está activada. Supongo que al final la gente aquí está más preocupada por la domesticidad, por seguir avanzando en esta carrera de fondo.

Recorro entera la calle en la que viví durante una temporada ahora hace más de diez años. Los motivos de esta visita no tienen nada que ver con el catalanismo ni con España ni con nada que se le parezca. A mí jamás me ha movido la patria, no encuentro nada menos excitante que el nacionalismo. Me alegra saber que a mis amigos tampoco: ellos están flipando tanto como nosotros. Aun así la tentación de ir a la manifestación del domingo me resultó inevitable. Pasé el trance de caminar entre miles de personas que llevaban banderas españolas, catalanas, mixtas, qué manía le ha entrado ahora a la gente por las banderas, las venden hasta en los chinos.

Entre los manifestantes había una mayoría aplastante de gente decente, de gente normal. No me cruzo con ningún exaltado. Las fantasías, como las procesiones, irán por dentro. Aprecio del mismo modo que un porcentaje generoso de esta mayoría silenciosa viene de otros puntos de España solo para manifestarse. Me cuentan que en el piso de un conocido escritor hay alojadas dieciocho personas, pero no sé si creérmelo, la imagen de albergar manifestantes hacinados en los pasillos me parece impresionante. Me pregunto si merece la pena todo esto de salir a la calle y llego a la conclusión de que sí, porque ahora todas las batallas son guerras de imágenes y los nacionalistas han ido ganando, hasta ahora que dicen que hemos sido un millón. Desde luego que las calles estaban abarrotadas. La avenida del marqués de l'Argentera se convierte en un escenario de discursos, y cada vez que escucho a Borrell pienso en lo mal que lo han hecho esos mediocres que han estado mandando en el PSOE para dejar a este hombre de lado. Qué lastimoso resulta formar parte de una sociedad en la que es casi imposible encontrar a un líder. También escucho de fondo a Vargas Llosa, que cada vez me cae peor, mientras hago lo que los españoles sabemos hacer mejor, que es ir a un bar. Las conclusiones más importantes que saco de este viaje son que en Barcelona la vida sigue igual, y que aquí los discursos nacionalistas resultan tan cansinos como en Málaga.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos