Verano en el imperio de la luz

CRISTÓBAL VILLALOBOS

La Dana trajo a Málaga un preludio de otoño, una tormenta como del trópico que anunciaba el fin de nuestro mejor verano con su cálido aguacero. Por un instante la muchedumbre huyó de la costa, presagiando la reconquista de Pedregalejo por sus vecinos, que resistían con sus mesas familiares en segunda línea de playa, entre apartamentos turísticos, almacenes y cocinas industriales.

En un callejón de blanco reflectante, apenas pasa una persona, una Virgen en su hornacina hace de testigo del tiempo, a la vez que da nombre a la estrechez y nos recuerda la época en la que las humildes casas de los pescadores tenían entrada delantera y trasera, para que las olas, sin espigones que las contuviesen, entrasen y saliesen de las mismas como un habitante más o un pariente que viene de visita.

El callejón desemboca cerca de la Peña de Pedregalejo, que es el reducto de los locales entre el postureo, y cerca de lo que fue El Lirio, desde 1912 hasta hace unos pocos meses, convertido hoy en una hamburguesería que se une a los bares modernitos que dan al barrio la imagen de una pequeña Ibiza de andar por casa repleta de guiris y gente guapa.

Cruzando el arroyo Jaboneros, por la pasarela que parece un puente internacional, El Palo, con el recuerdo de los poetas del 27 en el paseo, con Emilio Prados escribiendo 'El misterio del agua', enseñando las primeras letras a los «pescadores sin cielo» en el rebalaje, y Manuel Altolaguirre inspirando su 'Poema al agua' entre marengos y roquedales que quedaban tan lejos de Málaga.

Por allí permanece el esqueleto abandonado de Casa Pedro, cerca de donde, dice la leyenda, y así lo recoge el historiador Fernando Rueda, se inventó la maravilla del espeto. Alfonso XII, camino de la Axarquía tras el terremoto de la Navidad de 1884, paró para comer pescaíto en el primer merendero de la costa: La Gran Parada. Allí, 'Migué er de la sardina', visionario gastronómico que fue el primero en preparar las sardinas en espeto, dio las instrucciones precisas al monarca para atacar el suculento manjar: «¡Maestá, asina no, con los deos!».

Una genialidad que, más de un siglo después, es nuestra mayor industria junto con el pescaito frito, que ya dejó escrito Julio Camba, gastrónomo antes que articulista, es «una cosa perfecta», inigualable en ninguna cocina del mundo. Más inigualable aún si se degusta frente a un mar que es un espejo reverberante de luz, como dejaría escrito Ortega y Gasset en 1910 cuando, rememorando sus seis años en el Colegio de El Palo, en San Estanislao, se recordaría como un emperador dentro de una gota de luz, en un «imperio más azul y esplendoroso que la tierra de los mandarines».

Fotos

Vídeos