El verano eterno del Balneario

CRISTÓBAL VILLALOBOS

En el Balneario el desayuno incluye el SUR en el menú, con lo que se puede leer a Manuel Alcántara y recorrer el mundo a la vera del agua. El primer café se junta con el almuerzo y la pequeña playa se va llenando al son de las Victorias que se descorchan en la terraza. En la lejanía, unas chicas hacen toples en la falsa intimidad que dan las rocas mientras, unos metros por encima, se dislocan el cuello los corredores que trotan por ese malecón que es una pequeña Habana andaluza.

Noventa y nueve años haciéndose y deshaciéndose entre las olas, como si el mar quisiera devolverlo todo a su sitio, a lo que fue el embarcadero de la cantera de San Telmo, hasta que a alguien se le ocurrió que eso del verano estaría bien en Málaga y plantó en el lugar taquillas, vestuarios, sombrillas... y separó las olas con un cordón para que no se mezclasen los sexos. Era 1918 y los Baños del Carmen traían el ocio moderno a la ciudad, como si fuésemos un San Sebastián o un Biarritz mediterráneo.

Hasta entonces nadie solía bañarse en el mar. Pronto, eran los años 20, llegaría el 'sport', un divertimento para desocupados, y montaron el primer campo de fútbol de la ciudad, donde jugaba un Málaga C.F. que todavía no lo era. Luego llegaron los concursos de hípica y los partidos de tenis, que aún subsisten en dos pistas entre escombros con vistas al rebalaje.

Fue también un verano, julio del 39, cuando el conde Galeazzo Ciano, ministro y yerno de Mussolini, tomó un 'lunch' en el Balneario a un mes de iniciarse la Segunda Guerra Mundial. Recorrió el camino entre la puerta de entrada y el restaurante bajo una nube de brazos en alto, cánticos fascistas y uniformes multiformes. Acompañado por varios ministros falangistas, nada hacía presagiar que, cuatro años después, la Gestapo lo detendría y su suegro lo mandaría fusilar por traidor.

Hoy el salón de baile, que retoma su primigenia naturaleza cuando hay alguna boda, con sus espejos y sus escayolas, recuerda los tiempos en los que mi abuela cantaba zarzuela acompañada por un piano. En los alrededores, en lo que algún día fueron deliciosos y frescos jardines, perviven entre el polvo los vestigios arqueológicos de bancos y maceteros de cerámica, jaulas para aves exóticas y fuentes por las que, dicen, llegó a emanar vino de Jerez en los tiempos de opulencia. Pura decadencia como el secreto paradójico de su renacido éxito.

Al mar no le importa nada, dejó escrito el poeta, así que seguirá batiendo sus olas contra la destartalada escollera noventa y nueve veranos más, al menos, hasta que el Balneario desaparezca definitivamente del paisaje o, quién sabe, hasta que las máquinas echen los recuerdos por tierra.

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