Verano en las cumbres

LA ROTONDA

Antonio Ortín
ANTONIO ORTÍNMálaga

Tan veraniego como el sol inmisericorde son las sobremesas de Tour, esas en las que o caen plomizos los párpados en interminables etapas en línea resueltas al sprint o, al contrario, te desvela de la siesta la batalla descarnada camino de cualquiera de sus míticos puertos de montaña. El 'caso Festina' y todo lo que vino después -hasta el fiasco de Lance Armstrong- terminaron por hundir un deporte cuyo prestigio parecía insalvable. Las últimas ediciones, sin embargo, nos están devolviendo la épica añorada de otros tiempos. Ha llovido mucho desde la Edad de Oro de la prueba francesa. El Caníbal Merckx, el Tejón Hinault, Perico o el Extraterrestre Indurain habitan ya los recuerdos y la vitrina de la carrera ciclista más importante del mundo. Pero Froome, Nairo, Contador, Landa, Aru, Kittel, Mollema o Barguil... han logrado cogernos un pellizco de nuevo. Vuelven los grandes.

Para empezar, porque ya no hay hazañas imposibles en corredores que llegan al Telegraph sin despeinarse. Como Nadal en el tenis, sufren, ganan, se lesionan. Y pierden. Un día portan el maillot amarillo y al día siguiente se los arrebatan. Y en esa guerra sin cuartel transpiran dolor. Agarrados a la cruceta del manillar como si fuera lo último en la vida. Desmadejados los cuerpos, retorcidos encima de las bielas, libran auténticos combates, con el crono como juez único e implacable. Un segundo, una décima. La delgada línea roja que separa el fracaso de la gloria que les lleva hasta París. Tan lejos parece que estamos ya de ese ciclismo sintético y programado, que todo se ha vuelto imprevisible y trepidante. Lo hemos visto en Alberto Contador. Cuando la prensa deportiva, tan conocedora de los deportes de balón y tan ignorante de todo lo demás, daba por muerto deportivamente al de Pinto, sacó los dientes y protagonizó una de las gestas de este Tour, al reventar los registros en la subida a la Croix de Fer y batir el récord en la historia de la etapa alpina. Cierto es que no pudo rematar con victoria, que erró en la estrategia final a pocos kilómetros de meta. Conclusión: es humano.

Luego ha estado este episodio del conflicto Froome-Landa. Estamos tan necesitados de ver a uno de los nuestros en el podio de los Campos Elíseos que no ha faltado quien ha pedido que el Sky dé carta libre al corredor alavés para salirse de su papel de actor secundario e intentar asaltar la clasificación general. Pero lo cierto es que Landa corre en libertad provisional. Su talento está amarrado por contrato al servicio de Froome. Y la ley del gregario es un código interno del ciclismo, sagrado desde antes de Anquetil.

Lo bueno, en cualquier caso, es que ahora hablamos de todo esto y no de EPO y sangre transfundida en altura. Y lo cierto es que los veranos no serían lo mismo sin esta tropa multicolor que, igual que sufre, también nos hace soñar en las cumbres.

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