La Venezuela de Maduro

Por Ahora

JOAQUÍN L. RAMÍREZ

Venezuela es un bello país al que Cristóbal Colón en 1498 llamó «paraíso terrenal» y denominó «Tierra de Gracia». Vespucio y algún otro le decían Venecciola y Alonso de Ojeda la bautizó definitivamente con el nombre de Venezuela. Más allá de prospecciones históricas o de profundizar en la deposición de Carlos Andrés Pérez o en los golpes de estado de Hugo Chávez y su buenos deseos para hacer desaparecer la pobreza, instalada en un entorno y realidad pseudo democráticos, el actual presidente Maduro -está claro- no es lo mejor que pudo venir. Tras la prosperidad económica de la última parte del siglo XX, los conflictos políticos nunca han cesado. Con la mayor reserva de petróleo del mundo, notable cantidad de gas natural y con importantes minas de oro, la impericia y los errores han producido tal desorganización y caos que no existen ya canales suficientes de distribución de alimentos y productos de primera necesidad. La tentación de un nuevo socialismo comunal desintelectualizado y el atropello y la imposición a los no partidarios ha dado paso a una situación de enfrentamiento y violencia que puede incrementarse y empeorar. La desigualdad y la pobreza son calamidades que cualquier dirigente político debe afrontar y corregir lo más ambiciosamente posible, pero arrasar con la libertad, con la seguridad y con la convivencia, siempre es un camino erróneo.

Inventar una nueva democracia a empellones, con grandes pronunciamientos, gritos y apasionadas declaraciones, sólo es el camino para el engaño y la manipulación de las masas. La democracia hay que perfeccionarla día a día. Está llena de defectos e injusticia, pero relativizar sus procedimientos, abreviarlos, o disfrazar la trampa sistemática con supuestas intenciones favorables a la gente o el pueblo, sólo es una forma más de absolutismo y dominio inaceptable de los ciudadanos y sus vidas.

La creación ilegal de una asamblea Nacional Constituyente es un atropello y una barbaridad propia de un jaleado dictadorzuelo gritón y sin papeles. Maduro tiene sus partidarios, pero ya ni siquiera es el pleno del llamado movimiento chavista. Refugiado entre leales, bravucón y desesperado, ha dado un importante golpe sobre la mesa que no se compadece con el más mínimo síntoma de democracia o respeto. Gobernar para el bien del pueblo, pero sin el pueblo, haciendo pucherazos en los recuentos, disponiendo que ni siquiera los votos valgan igual uno que otro, arbitrando las normas con improvisación y discrecionalmente, todo es muy antiguo y pura autarquía. El presidente Maduro y los suyos han atropellado a Venezuela por el bien de Venezuela, para salvar a la República Bolivariana, para preservar la revolución, para desterrar la pobreza -con escaso éxito- y para salvar a la gente. Desolador.

A partir de ahora ya hay hasta teóricos del régimen que exponen que la delgadez de la gente responde a «otro tipo de alimentación más sana», fuera marcas y azúcares, alimentos revolucionarios. Y como con la nutrición, nada podrá resistírsele. Hasta hemos podido oír que las interminables colas en los supermercados vacíos lo son porque el venezolano tiene dinero y le gusta «comprar mucho». En el mundo todos tenemos problemas y es muy difícil ser el maestro de nadie. En Occidente, nuestros sistemas y nuestra convivencia están llenos de defectos y se enfrentan siempre al reto de mejorar y crecer en democracia y calidad, pero siempre preservando lo más elemental. Hoy los Maduro, Cabello, Lucena, etc. lo han tirado todo por alto, el mundo los observa y no podemos salir de nuestro asombro ante tanta mentira, abuso y torpeza.

Lo peor de todo, sino sería hasta cómico, es el sufrimiento de un pueblo que mayoritariamente rechaza a su presidente y sus hechos. Un pueblo que irá callando poco a poco, sojuzgado por la fuerza y entrando en un túnel que nadie sabe qué nuevos males deparará y durante cuánto tiempo.

No hay que engañarse, el rechazo de casi todos los países de América del norte y del sur a la imposición-invento de la ANC, los países europeos, España entre ellos y la propia UE, hasta el Vaticano, no garantiza nada. La deriva de los acontecimientos va a seguir su curso y sólo las propias capacidades y resortes internos podrán doblegar el paso decidido hacia una dictadura efectiva comunal o como quiera que pueda describirse o denominarse. Todo va a ser muy difícil y muy duro, costará aún más vidas y encarcelamientos y puede que mucho más. Habrá que estar a la ayuda que se pueda prestar con inteligencia y sin causar mayores males. No hay dialéctica presentable que argüir entre los demócratas para justificar a los que sojuzgan y se alzan dictando las vidas de los demás en nombre de lo que sea.

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