La rotonda

En vela

Antonio Ortín
ANTONIO ORTÍNMálaga

Cuando aún hoy resuenan en este Lunes de Pascua los restos de cera en las suelas de los zapatos, y algunos hombros se reponen del peso inmisericorde del varal, es momento de ordenar las sensaciones; de recomponer las imágenes que se han ido deteniendo en la retina. Porque está el balance oficial: el de las grandes cifras, con el movimiento hotelero, las visitas de extranjeros, la idoneidad del viejo y del nuevo recorrido, los tronos reformados, los mantos de estreno y los debates eternos sobre las mecidas y los pulsos. Pero luego, claro, está el balance personal de la Semana Santa: el reposo del diálogo interior; el de los que buscan la redención del error cotidiano, la reparación de las heridas de ir viviendo o quién sabe cuántos no se preguntan por las dudas profundas del camino.

Porque lo cierto es que el componente emocional vertebra gran parte de lo que sucede durante estos días. A mí, qué quieren que les diga, esa es la parte que me interesa. Todo lo demás es ruido. Valga como ejemplo lo que le escuché a un niño que contemplaba el traslado del Sepulcro. «Mamá, tengo el corazón en vela; quiero ver a mi Virgen». No hay tratado cofrade ni pregón del mayor de los expertos que sintetice mejor lo que aquí se vive.

Aquel zagal me dio, sin él saberlo, la más precisa de las respuestas a tanta pregunta sobre el significado de estos días. Se fue mi memoria entonces al Jueves Santo e imaginé a Mencía de la mano de Antonio en algún sitio de su corazón verde de Esperanza, en el recuerdo del padre ausente. Y atravesé al Domingo de Ramos para contemplar a María, que hace apenas tres años luchaba por la vida en la habitación aislada de un hospital y el otro día, eso sí, lucía radiante en su túnica blanca y morada del Huerto ante la felicidad silenciosa que sólo entienden unos padres, Susana y Miguel; y sus hermanas, Ana y Luna.

Y así se suceden tantas y tantas historias que no están en los papeles oficiales, que no salen en el telediario de la Primera. Ni siquiera le roban protagonismo a esos políticos que dan la campanada en esa liturgia ridícula de hacerse notar a costa de lo que sea. Porque estas son otras historias. Las de nazarenos tras sus rostros ocultos. Las de paseantes anónimos que se embriagan con los aromas que siguen el rastro de las primaveras remotas de la infancia; las de la emoción del azahar en el aire con esa extraña sugerencia en suspensión de un tiempo nuevo. O las lágrimas que brotan al paso de una imagen en la emoción cautiva de una fe, de un recuerdo, de un tiempo dejado atrás.

Esa es la verdadera Semana Santa, la que no se escribe y sólo se siente en los corazones en vela, como el de ese niño de Viernes Santo que todos fuimos.

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