Veinte años ya

La rotonda

José Miguel Aguilar
JOSÉ MIGUEL AGUILAR

Los recuerdos son como nubes, a veces amenazan tormenta, otras se difuminan empujados por el viento de la actualidad. Están almacenados en la memoria, que es ese baúl cerrado a cal y canto que se abre cuando una combinación de sensaciones y de vivencias se conectan con el pasado y rememoran lo vivido. Al destaparse el tarro de las esencias que conforman la existencia no sabes qué encontrarás porque la vida galopa a velocidad de vértigo, sobre todo cuando miras hacia atrás y al otear el camino recorrido los años se asemejan a siglos.

El otro día, tirando de archivo mientras almacenaba instantes recientes en forma de hojas escritas con la complicidad del tiempo, la hemeroteca de SUR me dio de bruces con la realidad. Se cumplen veinte años de mi primer viaje profesional con el Unicaja. Y la memoria empezó a bullir con una intensidad casi desconocida.

Tal día como hoy, el Unicaja viajó por primera y única vez a Austria, en el cuarto partido de la primera fase de la Copa Korac, para medirse al Stahlbau Oberwart. Con Javier Imbroda al frente, en la que sería su última temporada en el banquillo malagueño, fue un encuentro histórico por muchos motivos, entre ellos por la abultada victoria lograda (62-90), la tercera más contundente fuera de casa hasta ahora. Pero de esa visita a Oberwart, donde compré una figura de un anciano sentado en una mecedora y con una pipa en la boca viendo la vida pasar (algún significado tendría entonces que me hizo inclinarme por ese regalo y que guardo en un lugar privilegiado de la vitrina de mis sentimientos), me impactó la diferencia a nivel deportivo entre dos equipos que pertenecían a mundos distintos, hasta el punto de que los jugadores extranjeros e incluso los locales del conjunto austriaco se hacían fotos en el calentamiento antes de empezar el encuentro con Kenny Miller, ese pívot negro, voluminoso y de gran corazón que marcó una época en Ciudad Jardín.

Dos décadas después mantengo viva esa imagen como símbolo del crecimiento de un club señero en España y consolidado en Europa gracias a una afición que vibra intensamente con el baloncesto y a un patrocinador-dueño-mecenas garante de la estabilidad en su ambiciosa apuesta por el deporte. La moraleja de esta historia es que pasan entrenadores, jugadores, presidentes y queda el alma del Unicaja, lo único que siempre debe mantenerse incólume.

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