NO VALE LA PENA

NIELSON SÁNCHEZ-STEWART

SE nos había perdido un concejal. Durante el traslado de la casa consistorial a un edificio más grande en Alhaurin contaron a los miembros y faltaba uno. Un chico simpático, deportista, muy amable, le íbamos a echar de menos. Pasaban los años y comenzaba la leyenda. Que estaba aquí mismo, en su hogar, en Marruecos, que le habían visto hacía nada por Ricardo Soriano. Y no es que fuese mera curiosidad la que inspiraba a los que le buscaban: era por lo de la cuenta pendiente que dicen que tenía. Cada vez que se pierde alguien se desata la imaginación popular. La Gran Duquesa Anastasia, una de las hijas de los zares no aparecía entre los cadáveres de Ekaterinburgo, por lo menos, en un primer y ligero recuento que, en aquel momento, no estaban los bandidos para estadísticas sino para ocultar la atrocidad. Estuvimos décadas examinando candidatas al trono ruso y una pobre mujer se llegó a creer que era una Romanov y, claro, se cabreaba porque no vivía como le correspondía. Ya después de muerta se pudo comprobar que su enfado no era justificado. También el criminal más grande de la era moderna, cierto es que comparte podio con otro granuja de mayor cuantía, hizo lo posible para que no lo colgaran de las patas y, utilizando gasolina que había acaparado -cuando no había ni para los tanques- se esfumó, en el sentido estricto de la palabra. También mucho tiempo sosteniendo que se había escondido en el país mediterráneo donde también dicen que estaba guardado el médico aquel de tristísimo recuerdo. Si no hubiese sido porque un soldado se llevó un cráneo como souvenir de la toma de la capital recuperada, algo macabro pero muy apropiado, todavía estaríamos con la monserga, a pesar que este último 20 de abril, el muchacho habría cumplido ciento veintiocho inviernos porque no vamos a hablar de primaveras adjudicándoselas a un bellaco así. Hace un par de semanas falleció una condesa, inglesa para más señas, que estuvo a punto de adelantar ocho lustros su partida si su marido hubiese puesto más cuidado. En lugar de matarla a ella, mató a la niñera que, como todas las niñeras, era inocente, al menos de las desavenencias conyugales. Quizá como consecuencia de la torpeza cometida porque hay que ser muy torpe para confundir a la parienta con otra señora, los incidentes son excusas de mal pagador, John despareció de la faz de la tierra. Como no era precisamente un pelagatos y como también tenía que dar cuenta de sus hechos, comenzó la búsqueda incansable y las especulaciones sobre su paradero. Que Bali, que Tailandia, que Alto Volta, aprovechando que si nadie o casi nadie sabía donde quedaba este país, ahora, con el cambio de nombre, mucho menos. La casi asesinada esposa sostuvo que el ausente marido se había suicidado de una manera bien truculenta. Navegando, se había puesto en contacto con la hélice que propulsaba la embarcación para que lo hiciera picadillo. Esto es fastidiar por fastidiar porque si te vas a quitar la vida hazlo de una manera menos enigmática para evitarles a los tuyos problemas de incertidumbre, presunciones de fallecimiento y gastos legales. Total, a ti qué más te da en esas circunstancias. Pues la semi viuda, a pesar de su convicción tantas veces repetida, se quedó en la misma casa donde vivían y, según dicen, no cambió ni un cuadro durante toda esta etapa de estreno de su estado civil. Quizá, digo yo, porque esperaba a su consorte que no estaría tan pulverizado como ella sostenía. Pues la que vino fue la parca -no la que se pone para subir a la nieve sino la otra, la de la guadaña- y con bastante retraso, se la llevó.

Cuando el mundo era ancho y ajeno, al decir de don Ciro, tenía una cierta lógica tratar de poner tierra de por medio para evitarse disgustos y asumir las consecuencias de sus actos. Pero desde que don Julio se inventó aquello de los ciento ochenta días se le ha dado razón al dicho de que es un pañuelo. Yo mismo me encontré en una esquina de la calle Alonso de Córdoba, a trece mil kilómetros de aquí nada menos que al Decano del Colegio de Gijón. No quiero imaginarme si hubiese andado en malos pasos. Yo, no mi amigo Sergio que es un señor.

Debo reconocer que si me persiguiesen en alguno de esos países donde a la cárcel se la acompaña de torturas o miseria inenarrable, me escaparía y trataría de desparecer. Para evitar ponerme en esa disyuntiva, prefiero viajar a sitios donde si las cosas fueran mal dadas no sería tan malo quedarse para siempre. Por eso, mis destinos están visiblemente recortados. Pero, escaparse de España donde según dicen los presos viven mejor que los residentes en un centro de mayores es una tontería. Se imagina lo que es dormir cada noche sin saber si el que toca el timbre a las seis de la mañana es el lechero o dos funcionarios de la policía internacional.

Y ¿total para qué? Estaría juzgado y en su casa.

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