Las urnas catalanas

GOLPE DE DADOS

Alfredo Taján
ALFREDO TAJÁN

Todo parece marcado por un gran despropósito. Una mascarada similar a esos enloquecidos refrendos que se celebraron en Austria en los años treinta, hasta llegar a producirse el ilegal Anchluss, la reunificación con Alemania; todo al revés, porque precisamente el resto de los españoles, incluidos los catalanes, no desea ningún tipo de conflicto; lo que se desea es que cese el falso victimismo. La cuestión de las urnas ha sido el símbolo de esta escena esperpéntica. Primero, el Govern licitó la adquisición de más de doce mil urnas que se usarían para la votación del referéndum y para las «siguientes elecciones» que se celebrarían en la futura república catalana; después se publicó el anuncio de esta licitación en el Diario Oficial de la Generalitat de Cataluña, lo que otorgaría fuerza legal a un refrendo ilegal; hay que añadir que el presupuesto para la compra de las urnas se estimaba en doscientos mil euros. Pero de forma sorprendente Puigdemont y Junqueras se quedaron sin urnas porque las empresas, sólo dos, que licitaron, al final desistieron. Aunque la Generalitat aseguró un poco más tarde que, en realidad, no había habido desistimiento sino que ninguna de las dos empresas cumplían los criterios técnicos y económicos que se exigían en el pliego del concurso. Se arguyeron que una de las empresas había incurrido en defectos de forma y que la otra no había entregado la documentación solicitada. De locos. Para no cambiar el tono maniobrero el Govern invirtió la afrenta y pidió a Madrid que dejara de presionar a las posibles empresas interesadas. El ejecutivo de Rajoy, al estilo O'Donnell, no admitió esa acusación pero no perdió la oportunidad de recordar las responsabilidades penales en las que incurrirían las instituciones que participasen en dicho referéndum. Les da igual.

En estos momentos nos encontramos en el segundo acto de una pésima tragicomedia. Hace apenas unas horas Puigdemont y Turull, flamante consejero de Presidencia y portavoz, afirmaron que la Generalitat se decanta por la compra directa de urnas, sin concurso y sin informar a nadie con quienes están negociando, todo a escondidas, lo que resulta muy democrático. Para colmo, justifican este procedimiento por el asedio «por tierra, mar y aire, y con armas no convencionales» que sufren por el Estado español. Al llegar a este punto me pregunto cuánto tiempo duraría, en realidad, el gabinete de Puigdemont si ese asedio fuera real y ojalá nunca lo sea. En realidad, como escribió Shakespeare, «las tormentas no vienen solas, ocultan demoliciones y arrasan a familias enteras»; lo cierto es que la hoja de ruta a la que nos aboca el secesionismo catalán no tiene parangón frente a una Europa que reclama el fin de las fronteras y la libre circulación, y no la basura higienista que se vivió con las soluciones finales de Hitler o Stalin hace apenas media hora, hablando en términos históricos.

Por eso me da pena el Ejecutivo catalán y 'no' los catalanes, a los que estimo mucho.

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