De urnas y bombonas

Meter la realidad catalana en el CIE de las soluciones de alto riesgo resultó un desastre

José Vicente Astorga
JOSÉ VICENTE ASTORGA

Vivimos alquilados en las apariencias y convenciones porque el mundo se alimenta de ellas para ser real, de modo que la navidad se parece a una barrera de sacos de comida y regalos contra el tsunami de sobresaltos. Confiar en soluciones a fecha fija es lo más parecido a la condición tranquilizadora y sólida de la materia, pero no deja de ser otra ficción incluso en estos días en que el poder tampoco escapa a lo imprevisible y desconocido. Colón buscaba una ruta hacia las indias orientales y un nuevo continente se le cruzó en su viaje. Normalmente los riesgos del camino no esconden ese tipo de tesoros y los peligros siguen ahí desde los días del sextante hasta al rabioso big data. Ni el consejo de ministros ni esa barra de bar con fondo navideño para arreglarlo todo pueden atrapar la realidad líquida e interpretable, con sus claroscuros de siempre. La conducta individual siempre tiene consecuencias, pero en la política, un mundo ácido además de líquido, suele andar escorada por el peso del maletín de las decisiones, un botón nuclear que a veces se pulsa con dedo autosuficiente y otras con el temblor animado por deseos, asesores y encuestas. El ministro Zoido creyó hacerlo bien aquel 1 de octubre en la búsqueda de urnas independentistas pero se limitó a traducir, porra en mano, las indicaciones de los jueces.

La obediencia debida en condiciones de vacío de realidad ha dado bastante oxígeno y votos al delirio separatista, y la búsqueda sin cuartel de las urnas llevó al final a que las papeletas legales hablaran como la gasolina mojando el paisaje político. De las urnas incruentas al batacazo escrutado. Meter la realidad catalana en el CIE de las soluciones de alto riesgo fue un desastre, como el de inaugurar una cárcel cuyo primer fallecido es un inmigrante. Los políticos suelen simplificar la complejidad de lo que tienen entre manos, y convertir los barrotes de Archidona en otra cosa ha elevado una desgracia a escándalo político. Zoido venía esta semana de revisar con los partidos esa otra cuestión grave del terrorismo yihadista, un problema de Estado del que algunos se dan a la fuga y no por escuchar ocurrencias. Si la cárcel es una mala solución contra un problema grave que nos llega de África, tampoco parece que la lucha contra el terrorismo vaya a dar un giro radical con más controles en la venta de bombonas. Hay que disculpar a Zoido por esa idea más bienintencionada que eficaz pero que le hace bueno frente a dos partidos independentistas que hacen soberanismo con la sangre de las Ramblas y Cambrills. El ministro se podría haber ahorrado recordar la estrategia quemada de aquel chalé lleno de bombonas para cocinar odio y buscarle una salida al escándalo mayúsculo de la cárcel de Archidona. Ahora es como el ruido del camión de bombonas mal aparcado al que todos pitan.

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