Unidad de los demócratas

Manuel Castillo
MANUEL CASTILLOMálaga

V ivimos días tristes en la historia de España, con una sociedad zarandeada por el secesionismo catalán que asiste atónita al mayor golpe al Estado de Derecho desde aquel 23-F. Un país capaz de realizar una Transición modélica tras 40 años de dictadura franquista; de integrarse en Europa y protagonizar una extraordinaria transformación económica, y de terminar con el terrorismo etarra, aquel que puso sobre la mesa más de 800 muertos y sobrecogió a toda la nación con ejecuciones salvajes e inhumanas.

España es un gran país, otrora un imperio, con una historia impregnada por fenicios, visigodos, griegos, romanos y musulmanes, cuya impronta permanece hoy no sólo en nuestras ciudades y pueblos, sino en nuestro propio ADN.

Andaluces, gallegos, vascos, asturianos, cántabros, extremeños, catalanes, valencianos y del resto de comunidades conformamos una sociedad de la que debemos sentirnos orgullosos, que convive con naturalidad con las diferentes identidades y que lo mismo habla español, que euskera, gallego o catalán. Los andaluces vemos con una extraordinaria naturalidad eso de sentirnos malagueños, andaluces y, sobre todo, españoles. Quizá porque el influjo cultural de civilizaciones milenarias nos hace sabios; porque el conocimiento, el sufrimiento y la sensibilidad nos hace libres, con un orgullo y dignidad que se resume en aquella frase rotunda de un campesino a un señorito andaluz: «En mi hambre mando yo».

La mayor conquista de la sociedad española ha sido la unidad. Y esa unidad es la que el independentismo catalán quiere quebrar transgrediendo, además, la mayor convención que alcanza un pueblo: la Ley. Y utilizando métodos que socavan las libertades de millones de catalanes no independentistas, sometidos durante años en la calle, en los trabajos y en las escuelas.

No hay nada en contra de que Cataluña inicie un proceso soberanista, pero debe hacerlo siguiendo las reglas del juego y, sobre todo, sin pisotear los derechos y libertades de quien no piensa igual, como hizo el propio Parlamento de Cataluña en su deriva cargada de atropellos, falacias y falsedades.

Hoy está en juego la unidad de todos nosotros; del territorio, de la sociedad, de la nación y, como han dicho los líderes europeos, de la propia Unión Europea. Que nadie dude de que, si Cataluña se independizara, acto seguido se produciría la desintegración europea.

La convivencia se ha roto. Y seguro que por muchos años. Sólo cabe que la unidad de los demócratas vuelva a ser tan fuerte y decidida como lo fue años atrás, en muchos momentos de nuestra historia. Apoyados en la Ley, la firmeza, la concordia y la sabiduría que nos recuerda que frente a las urgencias de hoy siempre hay que pensar que lo importante es llegar a mañana. El reto, entonces, es volver al convencimiento de que Cataluña necesita a España y España a Cataluña. Una obviedad, cierto, pero que algunos han olvidado. O han querido olvidar.

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