Unicaja a Bolsa

Unicaja a Bolsa

La presencia e importancia de Unicaja, su implicación económica y socio-cultural y su peso en Málaga, son mucho más que los de una empresa cualquiera. Son una seña de identidad

JOAQUÍN L. RAMÍREZ

El mundo de las Cajas de Ahorro y Montes de Piedad -entes de carácter fundacional, dice el código de comercio- terminó en España de forma abrupta e inesperada. Durante casi más de siglo y medio, las más antiguas, y un siglo mal contado, el resto, las cajas de ahorro fueron parte esencial, insustituible, del tejido económico y social de la España rural y urbana. Las causas de la radical desaparición de las cajas no son una ni son simples. Fue el crack de un sistema y un estado de cosas, válido durante más de un siglo, que feneció de un día para otro porque se tornó inviable por la inadaptación de un acostumbrado estado de cosas a unos tiempos nuevos, mucho más exigentes y rigurosos. Por supuesto, la crisis económica aceleró el cierre, la mala gestión, la irresponsabilidad, la impericia de algunos y el desahogo -en algunos casos doloso- de algunos otros. El músculo dinerario cajista local procedente del ahorro, también local, que parecía incesante e inacabable, resultó limitado e insuficiente. No obstante, de entre estas entidades de crédito sobrevivieron las que siempre sobresalieron por su solvencia, peso y capacidad. Hoy día son bancos competitivos y son el símbolo, cada uno, de la sociedad que les acunó y les dio los medios y el estilo.

Hace días ha sido especialmente significativa la salida a Bolsa de Unicaja Banco. Esta entidad bancaria, con sede en Málaga, es el resultado de la conversión de la más importante caja de ahorros del sur en entidad bancaria, la única de las andaluzas que ha sido capaz de superar este importante hito histórico. Producto de la fusión, iniciada en marzo de 1991, de las Cajas de Ahorro de Ronda, Cádiz, Almería, Antequera, Provincial de Málaga, y muy posteriormente Jaén (2009), Caja España y Caja Duero (CEIS, 2014). La presencia e importancia de Unicaja en la sociedad de estas ciudades, su implicación económica y socio-cultural y el peso de sus servicios centrales en Málaga, son mucho más que los de una empresa cualquiera, del orden que sea. Son una seña de identidad. Así lo fueron en toda España estas entidades, sin excepción. La gran diferencia está en que Unicaja permanece.

Demasiado bien sabemos el crucial papel que para España -para cualquier país de nuestro entorno- tiene su tejido financiero. Hemos aprendido a entender que merecen la pena los esfuerzos para mantener a flote el aparato empresarial en el que los impositores se juegan el esfuerzo de toda una vida y precisamente por ellos. En España hemos afrontado la debilidad de las que no pudieron enfrentarse a la exigencia y la seriedad que los tiempos imponían. Y también hemos hecho del merecido reproche a los responsables tema recurrente de nuestra preocupación y debate cotidiano. Por ello, también es hora de reconocer con ilusión y entusiasmo a quienes han sabido llevar el barco a puerto de modo ejemplar.

Unicaja Banco quizá sea el sexto banco de España, lo es tras una larga y compleja andadura en la que no se acudió a lo fácil, ni a los cantos de sirena. Ni siquiera se echó mano de la fórmula nefasta de las llamadas 'preferentes', fue una opción rechazada que, sin duda, ahorró a sus gestores inmensos dolores de cabeza, así como situaciones de injusticia y difícil explicación. Una empresa humana con una trayectoria impecable. Cuatro personas -entre un inmenso número de ellas con notable valía-, a modo representativo, encarnan el importante epígrafe que da paso a este nuevo futuro: Juan de la Rosa -presidente fundador de la Caja de Ronda-, Braulio Medel -presidente de la Fundación Unicaja y fundador, así como expresidente de la entidad-, Miguel Ángel Cabello -exdirector general de Unicaja, lo fue hasta 2010- y Manuel Azuaga -actual presidente de Unicaja Banco y máximo responsable de su salida a Bolsa, él lideró el proceso para hacer sonar la campana y, a poco, las acciones se dispararon un 7 por ciento-.

Han cambiado las cosas, son nuevos tiempos y las cajas de ahorro ya no existen. Vayan estas líneas como homenaje y agradecimiento a los que lucharon y acertaron al frente de aquellas entidades sin ánimo de lucro, cuyos beneficios se destinaban a obra social, que carecían de accionistas y, por tanto, de propietarios. Las cajas eran de sus impositores. En el futuro habrá que abstenerse de este aire de lisonjas ante los hechos empresariales privados de un banco que ya es uno de los grandes. Su máximo accionista en su propia fundación, o sea, la masa social ciudadana. Hasta aquí fue 'la caja' y su acción e impulso quedarán grabados en la memoria de la historia.

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