Último trago

JOSÉ ANDRÉS TORRES MORA

La verdad es que la imagen, con el titular periodístico debajo, era impactante. El general bosniocroata Slobodan Praljak se suicidaba, bebiendo veneno, ante el tribunal que lo condenaba por crímenes de guerra. Lo vi en mi tableta mientras esperábamos a que la mesa de la Comisión de Cultura del Congreso, diligentemente presidida por Marta Rivera de la Cruz, ordenara las votaciones de la sesión del pasado miércoles. Sin embargo, a pesar de lo llamativo de la noticia, mi primera reacción fue alejarme del asunto, echarlo al olvido, y concentrarme en dirigir las votaciones de mi grupo. La muerte es lo absoluto, y mi tarea cotidiana es precisamente lo contrario, es lo relativo, lo que tiene que ver con la cambiante opinión de los seres humanos, esto es, la política. No se me ocurre nada más absurdo, más cruel y estúpido que mezclar la muerte con la política, la muerte absoluta y definitiva de un ser humano por motivos y argumentos que habrán cambiado una década, un año o una semana después. Justo cuando una muerte no puede ser ya reparada.

Sin embargo, mientras cenaba, las noticias de la noche volvieron a poner las imágenes de aquel hombre de 72 años, de pie, bebiendo el veneno que le causaría la muerte casi inmediata. Vi cómo hizo ese mismo movimiento con el que se saborea ese último resto del café en el que se concentra el azúcar, y ese gesto hizo que mi cerebro se impusiera a mi propósito de olvidar el asunto. Ese gesto con el que saboreamos la dulzura de una bebida era el mismo con el que el general Praljak saboreaba la muerte. Y ya no pude dejar de pensar en el asunto.

Dice Wikipedia que Praljak fue militar, político, ingeniero, director de cine, director de teatro, empresario, escritor y conferenciante sobre psicología y filosofía. También dice que fue condenado por ordenar torturas, violaciones y asesinatos, con el propósito de crear una Croacia étnicamente limpia. Resulta una triste ironía que las limpiezas étnicas supongan la realización de acciones tan sucias. Resulta también una amarga evidencia que ni nuestro nivel formativo ni nuestros títulos académicos nos libran de convertirnos en la encarnación del mal.

El mal es el poder sin restricciones, y nada más cercano a eso que el poder de un militar en guerra, o de un terrorista, o de un jefe arbitrario, o de un marido maltratador, es decir, el poder sin política, aunque sea al servicio de un proyecto político. Hace unos días leí una entrevista a un neurocientífico que afirma que el poder altera la química del cerebro de quien lo ejerce llevándolo a la locura, y también de quien lo padece. Dice además que, en general, aunque no siempre, la gente se cura de esa locura al tiempo de abandonar el poder. Praljak gritó, antes de tomar el veneno, que él no era un criminal de guerra. No sabemos si negaba sus actos o si se negaba a sí mismo, si quería escapar de la cárcel o de los gritos de desesperación, o de socorro, de las personas a las que torturó, violó y asesinó, y a las que ya no podía salvar. Quizá por haber bebido el poder a grandes sorbos bebió con avidez aquel último trago.

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