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El ultimátum

El ultimátum
Por ahora

En la política, como en la vida, las decisiones son acertadas si tienen sentido y se toman a tiempo -en su tiempo-, lo demás es follón e inconfesable interés

JOAQUÍN L. RAMÍREZ

Es realmente digno de recordar que un día, no hace mucho, un dependiente de una popular firma de ropa masculina saltó a la actualidad porque dijo desvelar que un importante político no pagó tres trajes. El asunto tuvo pinta desde el principio de cacería política. Al dependiente se le antepuso el adjetivo «sastre» para dar más empaque a su acusación. Fueron innumerables portadas, informativos, artículos y reportajes de «investigación». Lo que comenzó con un «a mí no me ha pagado» viró a «no era él quien pagaba». El asunto acabó en los tribunales. Francisco Camps fue absuelto por un jurado del delito de cohecho impropio. Seguidamente el Tribunal Supremo ratificó la inocencia del expresidente de la Generalitat Valenciana, pero su carrera política había volado. Entre pesquisas, murmuraciones y una cierta obsesión, el affaire de veinte prendas de vestir se convirtió en uno de los sucesos más importantes de España, como si todos sufriésemos de hipnosis colectiva.

A veces el cuarto poder no sólo muestra la actualidad, sino que puede imponerla e incluso conseguir que lo fútil sea profundo, que lo anecdótico sea crucial o que lo insignificante pase a convertirse en lo más importante. La suerte de unas prendas de vestir trajo consigo tal convulsión que los españoles opinaron acerca de ello como asunto de primer plano, ¿pagó o no pagó los trajes -decían-? «Pues yo creo...». Una vez absuelto Camps, «el perro» se resistía a soltar su presa, pero al fin tuvo que hacerlo, el político había dimitido y los tribunales certificaban su inocencia. Poco a poco el hechizo se difuminó y ya nadie puede entender que aquella infundada convulsión nacional nos ocupara tanto y tan profusamente como si se hubiese tratado del asunto Profumo, la Bahía de Cochinos, el caso Watergate, o los sobornos de Flick.

Estos días algunas vías han vuelto. Presupuestos, pensionistas, equiparación salarial de los cuerpos policiales, datos de empleo, crecimiento económico, el tribunal de Schleswig-Holstein y Puigdemont, la investidura fallida de Jordi Sánchez -la enésima promovida por el president Torrent-, la importancia de las lluvias y el nivel de los embalses... Todo ello ha ido traspapelado a segundo plano. Estamos al máster de Cifuentes. Y, aunque la interfecta haya dado sus explicaciones y haya mostrado las certificaciones que la URJCI le ha servido, la mordida se aferra a la piel. El hecho de que personajes transidos a acusadores, como Errejón o Franco, tengan lo suyo que explicar no obsta, según parece ser. Ni ello, ni otras cuestiones de esta índole pueden ser freno para una cuasi sentencia previamente decidida, no sabemos por quién o quiénes. Baste decir que la titulación cuestionada no habilita para profesión alguna ni para poder realizar el doctorado, tampoco para acceder futuriblemente a plaza administrativa alguna, no es intrusismo ni da para favorecer ninguna posición. Que las dudas, las que haya, bien pueden y deben despejarse, que la vara de medir habrá de ser la misma para cualquiera y que la importancia de la cuestión debe ser calibrada por su auténtico tamaño y trascendencia.

Y es que, en política, todos quieren gobernar y no todos ganan. Hacerlo debe pasar por las urnas, por el respaldo de una mayoría de votos de los ciudadanos. Puede que aprovechar oportunidades sea muy legítimo, como lo son la táctica y la estrategia, pero crear artificialmente esas oportunidades o inflar su gravedad y contenido no lo es. Tampoco gesticular con mayor énfasis de lo debido o rasgarse las vestiduras más allá de lo razonable aporta ni dignidad ni limpieza. Mover a la opinión pública con exageración y postureo cuando interesa y amagar con situaciones que pueden resultar inconvenientes para los emisores es manipular. En el caso de la Comunidad de Madrid, Gabilondo habla de la moción de la dignidad, Podemos lo hace claramente de que ésta es su oportunidad y Ciudadanos, a lo gran hermano, anuncia un ultimátum tras otro. Todos han dictado su sentencia sin esperar si quiera a la propia investigación de la Universidad y mucho menos a la de la Fiscalía y la Justicia. ¿Cuál es su prisa, qué les hace decidir para no poder, en todo caso, esperar? ¿Se trata de la mentira, la ajena o las propias? Como dice el maestro Manuel Alcántara, «sigamos esperando lo inesperado, que es lo que nunca nos falla». En la política, como en la vida, las decisiones son acertadas si tienen sentido y se toman a tiempo -en su tiempo-, lo demás es follón e inconfesable interés.

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