LA ÚLTIMA PAJA

La batalla contra el plástico se dirige ahora contra esos aparentemente simpáticos utensillos, que ya no se hacen del material que les da nombre

NIELSON SÁNCHEZ-STEWART

Tengo muchos defectos. Mis parientes y amigos podrían escribir una enciclopedia si fuese interesante el tema que no lo es. Uno de ellos, defectos, no parientes ni amigos, es que escribo todo seguido, de la quilla a la perilla, como diría Paco. Después de titular este artículo me entró el susto de que se malinterpretase. Hay pícaros por todas partes, con gran dominio del diccionario y alguien seguro que se ha imaginado que me voy a referir a tiempos pasados y a la octava y malsonante acepción. Muy lejos de ello. Habría sido mejor que hubiese dicho «La última gota». Es curioso pero en todos los idiomas se dice lo mismo pero de manera diferente. En español, para significar que se ha llegado al límite se habla de la gota que colmó el vaso. Calamidades, una tras otras se van aguantando hasta que en un momento determinado la cosa ya no da para más y revienta. En inglés, no se habla de agua, de gotas ni de vasos. Se dice con idéntico propósito: «the straw that breaks the camel's back», esto es, la brizna de paja que le partió la espalda al camello. Debe ser una reminiscencia de las aventuras del comandante Lawrence porque camellos en el Reino Unido, uno o ninguno.

A lo que me quiero referir es a la campaña que se ha iniciado para eliminar de la circulación a las pajitas que sirven para sorber los líquidos. Todavía no llega a Marbella, pero llegará y si no, al tiempo. El pecado que cometen proviene del hecho de que ya no se fabrican del material que le da su nombre. Por el contrario, son plásticas. De aquel material odioso e indestructible que está perjudicando gravemente el planeta. Después de la experiencia ganada con las bolsas que, en lugar de suministrarse gratuitamente, se venden, le ha tocado ahora a estos aparentemente simpáticos utensilios. Con lo de las bolsas se le ha dado el palo al gato. No sé lo que piensan los fabricantes ni como se están arreglando los estampadores. Lo que leo es que ha disminuido notablemente su consumo. Cuando la cajera te pregunta si las necesitas para transportar tu compra, te resistes numantinamente. Prefieres ir mal estibado, con las manos llenas y los bolsillos colmados de tus adquisiciones, sin importar que te ensucies la ropa o se te caiga la mitad, a gastarte la miseria que te piden por su adquisición. Te justificas pensando que colaboras al bienestar del medio ambiente pero tengo mis dudas sobre si es ésa la autentica motivación. Cualquiera que sea, se dice que la caída de la circulación de esos envoltorios es colosal. Ahora todos debemos atesorar las que tenemos en casa. Desde pequeño las vengo guardando; mi madre, contemporánea a la invención o puesta en circulación del polietileno las encontraba muy atractivas y quizá preveía que llegaría el día en que fueran valiosas. Mi cuñada Paqui me enseño a plegarlas en triángulos sucesivos para almacenarlas ordenadamente y me he transformado en un acaparador. Todas las que llegan a mis manos se doblan de acuerdo con la receta aconsejada. Me he transformado en un experto porque a pesar de su aparente sencillez no es tan fácil que queden bien.

Me parece que las pajitas se inventaron para consumir el contenido de las botellas con su cuello estrecho. Hoy esta concepción se ha superado. Se bebe directamente a morro. Se empezó, creo, con una marca de cerveza, mexicana, a la que se le acoplaba un limón, ignoro para qué además de dificultar su libación pero, ahora, la costumbre se ha extendido universalmente, alentada por el cine y la televisión. Esto debe contentar a los dueños de bares que se ahorran comprar, reponer y lavar vasos y copas pero no me acostumbro. Beber sorbiendo ya no está de moda. Hoy se utilizan para aperitivos y cócteles complicados con frutas y otras especies que hacen más difícil el llevarse el recipiente a los labios con garantía de que sólo saldrá el líquido que contiene y no los sólidos que por la fuerza de la gravedad se precipitarán sobre las fauces del que está disfrutando de la bebida. Si desaparecen en el futuro, no sé como nos arreglaremos para salvar el atuendo. Igual, después de una experiencia desafortunada, cambiamos de hábitos y simplificamos el pedido optando por elementos líquidos que se mueven sin dar sorpresas.

En el mundo de libertad que nos ofrece la sociedad de nuestros tiempos, cada vez se va restringiendo su ejercicio. Los estados se esfuerzan en entrometerse en nuestra vida. No podemos fumar en los locales donde el propietario no pondría ninguna dificultad, debemos circular a velocidades caprichosamente impuestas por la autoridad, reciclar los residuos y no sé cuantas cosas más.

Si no podemos sorber habrá que soplar.

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