Turistofobia

JOSÉ MARÍA ROMERA

La popularización de los viajes turísticos ha traído consigo ciertos inconvenientes para los lugares de destino, ya sean estos ciudades históricas, parques naturales, megacentros de ocio o pequeños pueblos escondidos. Lo que durante largo tiempo se consideró un bendito maná empieza a ser fuente de problemas sociales, urbanísticos y medioambientales incluso en países como España donde el turismo constituye un sector clave de la economía nacional. Según la OMT (Organización Mundial del Turismo), el número de turistas internacionales en el mundo ha pasado de 25 millones en 1950 a 278 en 1980, 674 en 2000 y 1.186 millones en 2015. Esa creciente masificación empieza a engendrar sentimientos de rechazo en poblaciones que, pese a depender en gran medida de los recursos aportados por los visitantes, estiman que la presencia de estos trae más perjuicios que ventajas.

A la preocupación por las repercusiones negativas del fenómeno como tal (lo que podríamos llamar 'turismofobia') se le ha ido añadiendo una hostilidad directa hacia el turista como individuo ('turistofobia'). Es un mezcla de desconfianza y desprecio que sitúa al visitante a poca distancia de una expulsión que el turistófobo ejecutaría sin pestañear si no fuera por el provecho que obtiene de su presencia. El turista es visto como un intruso causante de males sin número, una suerte de depredador émulo de Atila o de esnob con pujos coloniales a quien no casualmente se le agrupa en el colectivo «horda». Si el curioso da una rápida ojeada a Google en busca del sintagma «hordas de turistas» encontrará como resultado miles de textos de todo tipo, desde quejas ciudadanas hasta artículos de opinión o estudios sociológicos. Según el DLE, horda es por una parte 'comunidad de salvajes nómadas' y por otra 'grupo de gente que obra sin disciplina y con violencia'. Se dirá que tales definiciones solo encajan en el lumpen dedicado a practicar el turismo alcohólico de bajo coste, pero no alcanzan a las otras variantes del turismo selecto, cultural o familiar. Sin embargo la mirada turistófoba ya no hace distingos. El estigma es el mismo: si unos dejan las calles llenas de vómitos y basura, los otros ponen patas arriba el equilibrio social de los barrios al disparar el precio de los alquileres; si unos impiden dormir a los vecinos, los otros convierten la visita al museo en una insoportable peregrinación multitudinaria donde resulta imposible ver las obras maestras con un mínimo de detenimiento.

Poco a poco se van acentuando las distancias entre ellos y nosotros. Lo que en principio parecía definirse como una relación cordial, o al menos educada, entre anfitriones e invitados, deriva a un estado de recelo en el que el turista ya no es visto como portador de civilización sino como heraldo de la barbarie. ¿No será el odio al turista una variante -soterrada, moderna tal vez- de la xenofobia? Salvando el factor común de la oposición ellos/nosotros y del repliegue en el provincianismo que ambas posturas denotan, pocas semejanzas se reconocen entre ellas. Hay en el rechazo del inmigrante un componente de clase que por razones obvias no se da casi nunca en la animadversión hacia el turista extranjero, todavía visto con un indisimulado complejo de inferioridad. No es descabellado pensar que la pérdida de reputación del turista a ojos del lugareño molesto es debida en buena parte a la necesidad de contrarrestar el viejo complejo con la exhibición de otra superioridad por parte propia. Es la que late en el arquetipo del 'guiri', una vieja construcción caricaturesca que a sus rasgos ridículos ha añadido en los últimos tiempos otros más ominosos.

LA CITAPaul Theroux «Los turistas no saben dónde han estado, los viajeros no saben hacia dónde están yendo»

Antes llamar 'guiri' al visitante era una forma de categorizarlo como extraño y, a la vez, torpe, ingenuo, desconocedor de las claves del mundo local. Entre el lugareño y el 'guiri' se establecía un intercambio de exotismos que acababa equiparándolos en una corriente de simpatía recíproca. Esta simetría empieza a romperse en el momento en que el 'guiri', lejos de alimentar el orgullo local de quienes se sienten objeto de la curiosidad ajena, es recibido como un parásito sin nada que aportar. En vez de dirigir nuestras críticas a un negocio incontrolado regido por la codicia y la falta de regulación, acentuamos la imagen de unos 'guiris' patéticos y estrafalarios a quienes de paso permitimos que se les estafe en los precios de los alojamientos. Desde el momento en que pierden los atributos que los hacían dignos de respeto, empiezan a sufrir nuestro desprecio. Ya no son unos iguales que vienen para conocernos, sino unos pobres diablos embrutecidos por la publicidad consumista que han perdido el interés del auténtico viajero y ahora se limitan a comer, beber y hacer fotos. Además hablan raro. Y sudan. Y, lo peor de todo, nos recuerdan a nosotros mismos cuando salimos de viaje a otros lugares para repetir los mismos movimientos y los mismos gestos. ¿No es motivo suficiente para que nos parezcan odiosos y los recibamos con pintadas hostiles que dicen «Tourists, go home»?

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