Turismofobia

El Extranjero

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

La cuestión parece que se mueve en los terrenos de la paradoja. El rechazo a los que traen la riqueza. Los pesos y los contrapesos en una balanza demasiado propensa al infarto. A veces la liviandad de una pluma sirve para hundir uno de los platillos en la miseria. En ese tablero se juega la partida. Por un lado la tasa de paro bajando a los niveles pre-crisis y la ocupación laboral rompiendo aquel techo de cristal. Por otro, las calles atoradas, la imposibilidad de vivir en las vías céntricas. Convertir la ciudad en un parque de atracciones y privar su casco histórico de la convivencia a la que cualquier conjunto de ciudadanos debe aspirar. Hallar la proporción exacta en el cóctel parece lo difícil, lo imposible.

Los italianos llevan medio siglo vacunados contra esta epidemia. En Barcelona, los muchachos paralelos a la CUP empiezan a tomar cartas negras en el asunto. Málaga, en un alambicado castillo de naipes, sigue sumando cruceros, bares, chiringuitos, heladerías. Ambiente de parque temático, aglomeración, atascos peatonales, las calles convertidas en una especie de comedero público. El dilema de los pro hosteleros y sus contrarios debería encontrar una zona intermedia de coexistencia. Por el bien de todos. Porque si los partidarios de la terraza comunitaria piensan que esa es la riqueza y que no hay que ceder ni un centímetro en la barrera de las mesas que colapsan las calles como si fueran las trincheras de Verdún, se equivocan de medio a medio. Estarán fusilando a la gallina de los huevos de oro.

Cualquier conocido, a la vuelta de un viaje, entona siempre la misma canción: «Y encontramos un lugar maravilloso, sin turistas». El turista común suele renegar de los de su misma especie. Sólo los aficionados al tumulto, los partidarios de las playas-hormigueros y las noches convertidas en una verbena interminable ansían perderse en la selva de las aglomeraciones. El resto huye del tumulto. Nunca he oído a nadie alabar una ciudad en la que había doce turistas por metro cuadrado, calles que no parecen calles sino una convención de camareros. Ciudades cuyos habitantes son minoría al lado de un contingente de personas desorientadas. Mucho tiene que ser el atractivo y el interés de la plaza para que la conciencia del viajero resista ese embate y se decida a volver al mismo lugar. El equilibrio, ese es el desafío. No es una cuestión ante la cual los políticos deban ni puedan encogerse de hombros. Ellos son los encargados de regular un tráfago que en Málaga empieza a tener más aire de caos que de remanso paradisíaco. El turismo es una riqueza incuestionable y precisamente por eso debe ser cuidada, mimada en extremo. Porque también es sensible, y huidiza. El pan de hoy puede ser la media pensión de mañana. Un turismo fabricado a golpe de masa y aluvión, consumidor de comida rápida y escaso gasto. Ave de paso. Los pilares están construidos, las infraestructuras nos avalan, la ciudad ha mudado su piel. Nos queda la racionalización.

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