TURISMOFOBIA

JOSÉ MANUEL BERMUDO

EL paso de los años ofrece variaciones en los análisis que solemos hacer de todo aquello que nos rodea. Lo que hace poco tiempo nos parecía inimaginable hoy es una realidad y forma parte de lo más cotidiano. En algunos casos se insiste tanto desde algunos sectores sobre bulos, noticias a medias o críticas desaforadas sobre cuestiones de las más normalitas de nuestra vida que terminamos por creerlo. Basta que algún cretino publique en las redes sociales un llamativo titular y una burda explicación para que emerjan seguidores de todo tipo que, normalmente, leen solo el titular y dan por hecho el producto surgido de una mente calenturienta.

Se siguen modas de forma inconsciente o se confunden los mensajes que algunos sueltan al aire, y es frecuente pasar del blanco al negro casi de forma atomática y sin la más mínima reflexión. Contaba una vez el escritor Pérez Reverte que en cierta ocasión cedió el paso a una señora al coincidir en la puerta de una librería y que esta mujer le llamó machista de una forma airada, rizando el rizo de la confusión de las cosas. Lo que siempre ha sido educación es, para algunos, una forma de insulto y, claro, hay quien no entiende nada, como no se entiende que haya elementos «tolerantes» que se alegren y aplaudan la muerte de un torero, además de insultar a toda su familia, por mucho que sean amantes de los animales.

El turismo está últimamente en el punto de mira de esos «eternos observadores» de todo lo que se menea, dispuestos a dar palos a diestra y siniestra, demonizando una actividad a la que, por otra parte, todo el mundo quiere apuntarse. Hemos pasado de «al turista una sonrisa» al turismofobia, quizás generalizando el comportamiento de los visitantes porque existen algunos grupos que consideran que pueden hacer lo que les de la gana allí donde van, mostrando todas sus miserias sin ningún pudor.

Despendolados y borrachos salvajes los ha habido siempre y no lo llevan escrito en su carnet de identidad, por lo que su control es complicado antes de que se encuentren inmersos en plena faena. No se le pueden poner puertas al campo, pero tampoco es cuestión de colocar una alfombra roja a los que solamente pretenden desahogarse a cuenta de las molestias de los demás. Y no cabe duda de que lo que viene ocurriendo en algunas poblaciones turísticas ha tenido un comienzo en una oferta barata para consumir alcohol de baja calidad y participar en fiestas que sobrepasan los límites de lo que pueden hacer en sus respectivos países los participantes en las mismas. Se ha ofrecido el todo vale con tal de hacer negocio rápido y ahora cuesta mucho más trabajo dar marcha atrás.

Hace bien el Ayuntamiento de Marbella en preocuparse por lo que llama situación emergente de ese turismo llamado de borrachera y debería estar atento a los establecimientos que alientan a ese tipo de turista y cortar por lo sano. Simplemente haciendo cumplir la normativa de forma rígida e inmediata, tal como lo hacen los vigilantes de la zona azul, que no perdonan un minuto. Pero no perdamos la noción de las cosas, porque el turismo mayoritario es el de siempre, el que llena nuestros establecimientos, el que provoca atascos, porque es imposible que quepan tantos coches, y el que vive sus vacaciones lo más plácidamente posible. Las molestias veraniegas son un peaje que hay que pagar por vivir de esta industria casi exclusivamente, pero a los que se pasen de la raya se les aplica la ley y se les aparta del resto. Por cierto, que algunos empresarios dedicados al turismo desmadre se dedican a esta actividad durante el verano y después desaparecen, muchas veces sin que haya dado tiempo a que tuvieran los permisos necesarios ni pagaran los impuestos correspondientes. Ahí hay trabajo.

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