Es el turismo

:: josé ibarrola
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Añorar las fronteras clásicas, la moneda propia y la tradicional soberanía del siglo XIX, así como la ceguera y el miedo al extraño, es plantear un salto atrás

JOAQUÍN L. RAMÍREZ

El fenómeno del turismo es tan antiguo como el ser humano. La palabra turismo procede del francés 'tour' -vuelta-, o de una voz de la lengua sajona antigua 'torn' -viajes en búsqueda de otras culturas-, o del arameo 'tur' -viajes y/o exploración-, o tantas otras teorías etimológicas como se pueda uno imaginar. Cabe recordar que mientras más nos adentramos en el pasado, mayor hostilidad y hasta prevención y miedo causaban la presencia de forasteros. Tradicionalmente, el extranjero ha sido visto con prudencia y temor, incluso en determinadas sociedades, ha sido tenido por individuo lleno de maldad y costumbres licenciosas. De hecho, a lo largo de los siglos, las grandes dictaduras han abanderado el odio, el desprecio y el anuncio de violencia sobre y hacia lo exterior y sus naturales. Al fin, dicen que no hay nada que una más que un enemigo común y a quien se desconoce pueden adjudicársele todo tipo de historias o conductas tremendas y amenazantes de forma impune.

Las nuevas tecnologías de comunicación, el aprendizaje de otros idiomas distintos al propio, y la socialización del saber, han ido llevando a la humanidad a mirar hacia fuera con muchos menos prejuicios y una mayor capacidad de comprensión e incluso aprecio y admiración por la cultura, los paisajes y las realidades del resto del mundo.

Nuestro país hace mucho que se convirtió en un objetivamente deseado destino de visitantes ávidos por frecuentar nuestras playas, degustar nuestra gastronomía y admirar nuestros monumentos y cultura. Una vez que esta realidad pudo comprobarse, a la vista del aumento de ciudadanos de otras latitudes que visitaban España, comenzó a favorecerse su llegada y estancia. Para nuestro país colectivamente y para trabajadores y empresarios el turismo fue un hallazgo de grandes posibilidades para trabajar e invertir. Ello, setenta u ochenta años después, nos ha llevado a tener grandes infraestructuras de todo tipo y a constatar el gran peso de esta actividad en el PIB, así como sus óptimas posibilidades de presente y de futuro.

Dicen que el turismo es una asignatura maría, algo de lo que cualquiera cree que está en disposición de entender y opinar. Esta generalizada actitud ha causado no pocas meteduras de pata de políticos y políticas. Desde el empeño en demonizar el llamado turismo de 'sol y playa', a veces como si se tratara de algo poco menos que vergonzoso, o incluso el vano intento de alguna izquierdosa teoricista corriente por repartir turistas por los territorios como si se tratara de borregos. Queden para la posteridad la creación de 'villas turísticas' u otro tipo de establecimientos por parte de determinadas administraciones públicas sin haberse parado a pensar qué demanda previa podía o no existir. Todo aquello que quiera conocerse en profundidad e intentar administrarse resulta complejo y el turismo, la gran industria que representa, el estudio de su presente y la proyección del futuro, realmente es un asunto importante y complejo.

Yendo por delante, por tanto, la gran importancia del sector turístico, su ingente creación de puestos de trabajo y su irrenunciable incidencia económica positiva, los grandes pasos que se han dado hacia la calidad son necesarios y encomiables y previenen la masificación y otros posibles inconvenientes. Nadie puede discutir que elevar la calidad de los servicios y los destinos, de manera progresiva e inteligente, redunda en la elevación de la calidad del propio negocio así como de las remuneraciones de su personal, etc. etc. Hace años que los protagonistas de esta actividad trabajan por racionalizar según qué cuestiones para que se mejoren condiciones y resultados.

En esas líneas se puede y se debe trabajar. Otra cuestión será la acción repentina de grupos o movimientos pseudo bolcheviques trasnochados y con una impronta de pensamiento grosero y lleno de un extremismo infundado, cuya existencia no debe distraernos más allá que para combatirlos en el campo de las ideas y el orden público. Añorar las fronteras clásicas, la moneda propia y la tradicional soberanía del siglo XIX, así como la ceguera y el miedo al extraño, es plantear un salto atrás. Los planteamientos tendentes a erigir las viejas puertas entre las naciones de mundo o el increíble movimiento contra la presencia de turistas, sólo encarnan la tentación por recuperar las políticas mágicas, misteriosas y dirigistas de los dictadorzuelos potenciales y de vocación.

El mundo libre, transparente y democrático, transita hacia otros lares, cada vez con menos apocalípticos profetas y un mayor acceso al saber y a viajar. Y el turismo hoy es mucho más que una oportunidad.

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