La Rotonda

Tristeza

Antonio Ortín
ANTONIO ORTÍNMálaga

Escribía Txema Martín en estas mismas páginas hace no muchos días sobre el hartazgo colectivo que ha acabado provocando todo este grave esperpento del 'procés'. A mí, qué quieren que les diga, me produce sobre todo tristeza. Hartos estamos, sí; pero lo peor es esta creciente desolación por todo lo que está arrasando inútilmente este delirio. Lo dijo Pérez-Reverte también recientemente: «Juntas a un fanático con 1.000 tontos y matemáticamente obtienes 1.001 hijos de la gran puta». Es una síntesis cruda pero certera de todo lo que venía fraguándose y que terminó de cuajar este pasado viernes de un octubre áspero y desconcertante.

Porque lo peor es eso: la herida que se ha abierto en una convivencia que costó años armar a fuerza de voluntad y cesión de aspiraciones, en madrugadas clandestinas de una Transición en las que hubo que negociar por encima de los muertos y de un pasado lleno de dolor y miedo. Ahora, todo aquello ha saltado por los aires de la mano de un grupo de desaprensivos que ha acabado por creerse su gran mentira hasta el punto de decir que somos los demás los que estamos fuera de la ley después de haberse burlado con crueldad de la Constitución que nos une a todos.

Por eso estos días me ha apenado ver otra vez en mi país gabinetes de crisis, consejos extraordinarios de ministros; el Rey encerrado en Zarzuela esperando acontecimientos como aquella maldita noche de febrero de 1981. O la respiración contenida entre los compañeros y vecinos; y la cara de disimulo ante mis hijos, la misma con la que mi padre trató de fingir normalidad aquella fatídica madrugada de Tejero. De ahí esta angustia; esta tristeza por los amigos de aquí, algunos de los cuales se han situado en un buenismo equidistante, no sé muy bien si por complejo progre o por cobardía. Pero también por algunos de allí, que han dejado de hablarme y que me desprecian por el simple hecho de reconocerme como español.

Y tristeza, mucha, por la gente, buena gente, que hace años se instaló en Cataluña desde Andalucía, Castilla, Galicia o Asturias en busca de una vida más próspera, y que ahora viven condenados a un silencio forzoso para que a sus hijos no los señalen los hijos de los otros ni le llamen charnegos como si fueran los apestados de la ensoñación. Y tristeza también por esa otra gente (hoy no sé si tan buena), que antes abrían las puertas de su tierra a quienes allí llegaban y ahora se enfundan la estelada y me escupen a la cara el 'España ens roba'. Y claro que sí hay tristeza por pensar que tras ese júbilo de la plaza de Sant Jaume hay un germen ferpz de venganza, alimentada durante años de adoctrinamiento. Y quién me dice que no habrá otra vez demócratas pintados en dianas en los muros ni miradas voraces al acecho tras los pasamontañas. Por eso la tristeza de estas horas; en estos días extraños de confusión y odio.

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