NI TREN, NI PANTANO

Mirando al mar

JOSÉ MANUEL BERMUDO

Ya estaban tardando mucho tiempo en aparecer en los medios los eternos proyectos del tren de la Costa del Sol y de la ampliación de la Presa de la Concepción en Río Verde. Lo hacen cíclicamente, no se sabe muy bien si es porque alguien tiene medida la fecha por algún motivo o porque suelen ser actuaciones pendientes que a los políticos les gusta recordar a sus rivales cuando estos ocupan responsabilidades de gobierno. Durante unos días todos los grupos políticos y diversos colectivos empresariales y sociales opinan sobre lo más idóneo que debe hacerse, dejan fijada su postura y vuelven a llevar al reposo lo que siempre estuvo en ese estado.

En lo que respecta al tren litoral, que es un sueño deseado desde hace décadas, ahora se plantea que la mejor solución sería una nueva linea directa hasta Marbella con la idea de mejorar los tiempos de desplazamientos, porque un cercanías tradicional con múltiples paradas ya no interesa. Es curioso que todos estos proyectos se circunscriban a una discusión teórica que nunca llega a efectos prácticos. Volvemos a debatir sobre el modelo de tren que queremos cuando nadie ha expuesto en profundidad por dónde se van a instalar las vías, cuánto nos costaría en expropiaciones en una costa superpoblada en la que queda poco terreno libre o de qué manera se iban a financiar las obras, que son algunas de las claves del asunto.

También hay que preguntarse cuántos estudios técnicos habrá que realizar para ver si el proyecto es viable y si los que ya se han hecho (o al menos iniciado) en los últimos años sirven para algo o cada vez que vuelve a surgir la idea de crear esta línea ferroviaria hay que empezar de nuevo. Porque con el paso del tiempo se han quedado obsoletos los trazados, incluso los lugares de ubicación de las paradas, en algunos de los cuales se han levantado enormes edificios.

Con el pantano de Río Verde ocurre algo parecido. También han pasado varias décadas desde que se hicieron los primeros planos de una posible ampliación de la capacidad de esta presa, ya que se veía venir el aumento del consumo de agua con el rápido crecimiento que experimentaba esta zona turística.

Después de muchos años se llegó a la conclusión de que no era adecuado el recrecimiento del muro actual, que se pensó que podría ser de dieciséis metros más elevado. Conclusión: lo mejor era construir una nueva presa unos quinientos metros más abajo del curso del río. Y hasta ahí hemos llegado. Se podría hacer una tesis doctoral con los estudios que se han ido sucediendo en diferentes departamentos oficiales y, sobre todo, con las mociones o interpelaciones que han ido presentando los políticos «exigiendo» periódicamente a los gobiernos de turno que hagan estas obras, unos escritos que parecen fotocopiados una y otra vez. En el caso del pantano parece que sí hay un momento para sacar a la luz pública la petición, que es cada vez que la falta de lluvias sitúa el nivel del agua en límites preocupantes, o cuando llueve mucho y hay que desembalsar parte de un contenido que después echamos en falta.

Y estamos una vez más en lo de siempre: todo se resume en una declaración de intenciones y en destinar una exigua cantidad de dinero en los presupuestos de cada año (y no en todos) para los dichosos estudios que nadie conoce porque no se ven nunca. Tampoco se ven acuerdos políticos a largo plazo, porque estas obras pueden sobrepasar el tiempo de una legislatura y deberían disponer del consenso necesario para poder llevarlas a cabo esté quien esté gobernando. Y, ¡ay! prever la financiación correspondiente para que no haya sorpresas a mitad de camino. Pero no, continuaremos oyendo discusiones sobre qué modelo de tren vamos a elegir o en que sitio concreto levantaremos un muro para almacenar agua, aunque no tengamos ni los terrenos ni los ladrillos.

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