Ese tren que dicen

Que Algeciras no nos sea el lejano Oeste

JESÚS NIETO JURADO

He leído con placer la columna de Txema Martín sobre el tren «cool» que acaba el Gobierno de sacarse de la manga o del sobaquillo. Un tren más funcional, con wifi, y quién sabe si con las butacas a contramarcha por hacer el viaje más alternativo.

El tren. Siempre ahí. Uniendo vidas y poniendo a mi Madrid como un barrio de Málaga, donde llegan frescas las conchas finas al mercado de Maravillas por Bravo Murillo. Escribió por aquí Ignacio Lillo que va a llegarnos el EVA, así, como un AVE informal para pasar el finde de museos y ver al tito Miguel, que anda por donde Argüelles.

Siempre está bien volver al tren, repensarlo, como en el poema de Campoamor que todos leímos algún día y lo recordamos por lo digno y por lo simple. Barato en extremo no es el experimento este del EVA, según le vamos entendiendo a De La Serna -perito en canas- entre que se baja del pijismo y nos iberiza un interrail. Pero somos ciudad de primera desde que hay AVE, y la EVA no hará sino aportar a la ciudad, y que la ciudad esté hipercomunicada con 'ese lugar llamado mundo' que cantaba la cervecera en un anuncio.

Eso siempre que nos digan el cómo y el cuándo, y Algeciras no nos sea el Far West. Quizá porque, como dice mi amigo Alfonso, yo tengo una habilidad especial para coger trenes como otros la tienen para regalar el pimentón. De modo que siempre que se habla del tren es volver la mirada a la carbonilla que nunca nos tiznó o esa parada de Almendricos que vemos en el vagón cuando vamos a Águilas a homenajear a Rabal o a inmortalizarnos en la Cuesta del Gos y a ver a Cacspar. No hay mejor España que la España ferroviaria. Qué bocadillos de tortilla en la garita de Aguilar de Campoo, o qué conversaciones valencianistas en el apeadero con canario silbante de Antequera, o qué sensación de nihilismo y marisma y nivel del mar cuando llego a Maria Zambrano y no hay rubia alguna que me espere. Todo eso es un tren, y mientras más barato mejor, que uno quiere llegar de Zaragoza rápido y pronto. Lo demás es marear la perdiz y acordarnos del Cercanías, que se curva hasta el infinito y no llega más allá del tiro de piedra. En comparación con el 'expreso a Fuengirola', el 11 parece una lanzadera japonesa.

A esta generación 'medioqué', cortita de España y de moral en modo «Operación Triunfo», le puede venir bien que se rebaje el boleto de esa segunda casa mía que es el tren pasando por las amenas llanuras de Brazatortas, provincia de Ciudad Real y cuna de poetas cordobeses bien antologados.

Pensar en el tren 'barato' puede que nos lleve a una reflexión sobre una España en rebajas de sí misma. El tren es de las poquitas cosas de la 'marca España' que no tienden hacia el torrentismo. El tren nos resucitó de ser vía muerta y contamina lo justito.

Conviene repensarlo. De cuando en vez...

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