El traslado de las terrazas

Voltaje

Enfrentándose con las cofradías hay hosteleros que juegan con puro fuego

Txema Martín
TXEMA MARTÍN

Este fin de semana en las redes sociales se han visto dos ejemplos que resultan reveladores y ampliamente compartidos, es decir, que estas cosas pasan y que importan. Lo primero era la foto de un céntrico comercio que, con la valentía que otorga la sensación de impunidad, coloca sillas, mesas y sombrillas encima nada menos que del monumento a la Constitución Española que contiene las planchas de las portadas de los periódicos en el día de su aprobación. La compartía David Arrabalí. Que un homenaje a la prensa, a la libertad de expresión y en general a nuestros derechos fundamentales esté diariamente pisoteada por turistas hambrientos es la definitiva metáfora de esa forma de entender la hostelería a la que se le da carta blanca en nuestra ciudad.

Otro ejemplo igualmente revelador ocurrió el pasado domingo durante una procesión fruto de esta fiebre moderna por los traslados y las exaltaciones. Informó de ello mi compañera de SUR Ester Requena: en la calle Calderón de la Barca, una de esas vías peatonales angostas en las que hay que pasar en fila india y mirando al suelo, se tardó una hora y media en retirar las terrazas que impedían el paso a los tronos de las Fusionadas. La imagen era una fina estampa: representantes de los dos grandes grupos de presión de la ciudad, cofrades y hosteleros, enfrentados entre sí en una batalla urbana de noventa minutos. Otra versión de aquella pelea de los hosteleros contra los de Limasa. Por supuesto que me alegro de que al final ganara la primitiva hermandad y que la policía tuviera que desmontar un tinglado que ya no lo forman mesas y sillas, sino enormes estructuras de cierre que son salas de fumadores y que se cachondean de los que cualquiera de nosotros entiende por una terraza. Criticadas por urbanistas, arquitectos, vecinos, estetas e incluso dentro de organismos del propio Ayuntamiento. Enfrentándose con las cofradías, los hosteleros juegan con puro fuego.

Lo que no sabemos es lo que opinará Ciudadanos ante esta diatriba ni de qué lado se pondrá, ya que son feligreses confesos tanto de las cofradías como de las terrazas. Juan Cassá, para quien el verdadero éxtasis le debe llegar viendo el Cautivo pasar desde la terraza de Lepanto, lanzó el otro día una idea respecto a los ruidos del centro que en principio sonó disparatada pero que luego, en esta ciudad tendente a la exageración, resultó hasta comprensible: subvencionar a los vecinos afectados por el ruido la insonorización de sus casas. Dar por hecho el exceso. La medida me recordó a aquella vez que Pedro Fernández Montes hizo que Torremolinos pagara la conversión de la bañera en un plato de ducha en los cuartos de baño de los ancianos. La madre de una amiga me juró que fue el alcalde en persona a inaugurarla. Ignoramos si a Cassá le dará tiempo a inaugurar 'climalits' entre tantos golpes de campana que le vienen por delante, pero nos preguntamos ¿pondremos alguna vez orden a esto?

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