EL TRASFONDO DEL ERROR CATALÁN DE RAJOY

Dos grandes pecados de Mariano Rajoy siempre han sido no entender la fuerza de los símbolos y su aversión a llevar la iniciativa en política. El presidente del Gobierno español es no solo un abogado de formación, sino un registrador de la propiedad, un profesional que está mucho más pendiente de seguir los procedimientos que de introducir innovaciones. Eso, unido a su experiencia personal, lo lleva a cometer errores.

A finales de 2002, siendo Rajoy portavoz del gobierno, el presidente José María Aznar lo mandó a Galicia, su tierra natal, para resolver la crisis provocada por el hundimiento del buque 'Prestige'. Este zozobró con 77.000 toneladas de fuel frente a las costas gallegas contaminándolas y destruyendo los recursos pesqueros. Tras una compleja operación de sellado de los depósitos, Rajoy dijo en televisión que el vertido de fuel se había detenido y del barco ya solo salían «unos hilillos como plastilina». La comparecencia hizo de Rajoy el objetivo de todos los humoristas y el hazmerreír de sus paisanos gallegos porque aunque el vertido se había frenado, ellos seguían viendo sus playas ennegrecidas por el fuel.

De ese episodio, Rajoy, avergonzado, sacó dos lecciones: en una crisis, nunca hay que dar la cara, y que, en lo posible, tiene que ser un técnico el que la dé, pero nunca un político. El político siempre debe mantenerse en segundo plano para salvarse de la quema.

En el caso de la crisis catalana que se inició en 2012, Rajoy no se ha separado un ápice de lo aprendido. Y ese ha sido el gran problema de España, porque Rajoy ya no es un simple portavoz, sino el jefe del Ejecutivo. Y, salvo las conversaciones con la oposición que ha mantenido en los últimos meses, se ha negado a hacer política.

Rajoy siempre ha interpretado unívocamente que hacer política en Cataluña era negociar con los independentistas y ceder. Nunca entendió que hacer política era ir neutralizándolos y volver en su contra todos los elementos que levantaban frente a España. Los separatistas le tomaron la medida cuando Rajoy aceptó que, ante las balanzas fiscales inventadas por los independentistas para decir que Cataluña aportaba más que otras regiones al erario, su gobierno decidiera «calcularlas correctamente» en vez de mantenerse firme en la idea de que son las personas y no los territorios los que pagan los impuestos.

El referéndum secesionista estaba tocado de muerte una vez que el Tribunal Constitucional lo declaró ilegal. Pero Rajoy se comprometió en público a que no se realizaría. Y este domingo, en su comparecencia, insistió en que «no ha habido referéndum». Sin embargo, todo el mundo pudo ver cómo miles de catalanes escenificaban, desafiando la represión policial, su inexistente derecho a separarse de España.

Hace unos días, Francesc Pujol, profesor de la Universidad de Navarra, advertía que el 1 de octubre, pese a la decisión del Constitucional, se iba a realizar un referéndum en clave política, no legal. Esa era la «mera escenificación» que este domingo Rajoy parecía despreciar, pero que ha tenido el poder de tomarse las portadas de toda la prensa internacional. Pujol advertía que «el centro del relato político» iría a la foto de la desafección radical con España, no a la legalidad de los hechos, y la prensa internacional rápidamente conectaría más con el relato político que con el legal. Y así ha sido casi milimétricamente. Rajoy, una vez más se ha equivocado al interpretar la política simbólica (terreno en el que los nacionalistas son consumados expertos). Él puede haber frenado el vertido, pero la gente sigue viendo las playas manchadas de fuel.

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