TRAS EL ESCAPARATE

ARTURO REQUE

Tal vez si Isabel Coixet hubiera conocido la historia de esta librería en pleno casco antiguo de Marbella se hubiera replanteado su última película y seguro que le habría sacado toda la esencia al igual que ha hecho con 'The Old House Bookshop' en el film. Sería otra luz, otro ambiente y otras connotaciones históricas. Tal vez sería una película más costumbrista donde se vería pasar la historia contemporánea de un pueblo que dejó de serlo de la noche a la mañana bajo el influjo estelar de personajes variopintos que encontraron en él su paraíso. Tradición y modernidad hubieron de acoplarse para dar cabida a los cambios que iban llegando a un ritmo vertiginoso empujado por el inicio del turismo y el desarrollo urbanístico del litoral. Sería el empeño y arrojo de Andrés Mata, 'Matita', lo que mantuviese durante décadas la que fue su gran ilusión, la Librería y Papelería Mata.

Al pequeño local que arrendó allá por 1937, también le llegó el momento de adaptarse a los nuevos tiempos y amplió los pequeños ventanales de la planta baja a dos grandes escaparates que permitían que los libros atrapasen al transeúnte que deambulaba por Enrique del Castillo camino de adentrarse en las estrechas callejuelas del centro.

Son momentos de recuerdos y los míos se asocian a esa librería donde pasábamos mi hermano y yo muchas tardes sentados en el escalón de la entrada leyendo cómics. Entonces me parecía enorme, con sus estantes llenos de libros y un gran mostrador en frente de la entrada. Tras él, recuerdo el cariño con el que nos trataba Isabel Galán, siempre atenta a nosotros y engatusándonos con algún juego en los momentos sin clientela. Ramón Alarcón era otro personaje inherente a la Librería para nosotros, intuíamos que era importante para mi tío, ya que siempre estaba haciendo números con su calculadora tras la mesa ubicada en la habitación del fondo. Le teníamos un curioso respeto ya que su bigote imponía y le gustaba provocarnos con pequeños engaños, pero nos encantaba verle trastear entre los papales contables. Cuántos rincones para tan pequeño local y cada uno lleno de recuerdos. Un entrañable engranaje de personas que hacían posible un negocio tradicional de los de entonces: sin prisas, tertulia, consejo literario y disponibilidad de cualquier volumen. Éstos han sido las principales valores que lo han hecho un lugar emblemático para los marbelleros, y por desgracia, dudo que sea posible reemplazarlo por cualquiera de las ofertas actuales.

Cuando cierre definitivamente a finales de noviembre a muchos de los que hemos pasado tanto tiempo en ella nos costará mirar sus escaparates vacíos, aunque seguiremos viendo los libros reflejados en el cristal, los periódicos ondulando en la puerta de entrada, a mis tíos Andrés y Leonor esperando que entre algún nostálgico de la lectura en papel, a mi hermano leyendo su cómic en el escalón o incluso a mi abuela Rafaela cosiendo en el ático del edificio.

Estos días me pasa por la mente un torrente de recuerdos de lo que La Librería ha supuesto en mi vida, un chico de los 70 donde nuestra formación literaria se fraguaba a base de los tebeos de Escobar e Ibáñez, o los libros de Los Cinco, donde se aprendía a dibujar con las láminas de Emilio Freixas, y la geografía con los mapas de plástico que representaban el perfil de la península con sus ríos y cordilleras.

A diferencia de la historia de Coixet, Marbella sí aceptó este negocio y lo hizo tan suyo que ahora todos estamos un poco de luto. Asumamos la nostalgia que nos provoca, ya que es sinónimo de que ha dejado poso en nuestras vidas. Los libros nos han hablado durante ochenta años. No dejemos de escucharlos.

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