Transporte de personas

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

La noticia, encuadrada en medio del aburrimiento de la Navidad, parecía un invento, una broma sacada del magín de un redactor con ganas de adornar el árbol de las noticias con una bombilla simpática o por lo menos curiosa. Un hombre que intenta salir del avión por la puerta de emergencia. Luego se vio que no, que la noticia no era falsa y que además el personaje que se dio el paseo por el ala del avión tenía rostro, personalidad y corazón. Y quizás eso lo explica todo. Una cobaya humana sometida a la presión suficiente como dejar de dar vueltas en la noria que no va a ninguna parte. Alguien que parece realizar una acción absurda. Muy absurda, sí. Aunque visto de otro modo bien podría ser alguien que se rebela contra el absurdo.

El protagonista del suceso confesó después que el resto del pasaje, al verlo abrir la puerta de emergencia y salir al exterior, le dedicó aplausos y señales de victoria. De pronto convertido en héroe, la obediencia bovina rota. El Braveheart del transporte aéreo. El vuelo que procedía de Londres había acumulado un retraso de hora y media en su salida y, después del aterrizaje, los viajeros llevaban media hora esperando que les abrieran las puertas de salida. No sabe uno si fueron informados sobre lo que estaba sucediendo, pero sí sabe que en demasiadas ocasiones el transporte aéreo de personas se parece más al transporte de ganado que a otra cosa. La gran aventura de volar del pasado se ha transformado en una cadena de humillaciones, coacciones, apremios y exigencias que dejan al intrépido viajero convertido en una especie de oveja trasquilada sin más derecho que el de seguir los corredores y rampas que le marcan los rabadanes de la cosa, o, como mucho, a desahogarse ante un mostrador en el que meterán su llantina en un sobre y lo echarán al insondable mar de la burocracia.

Romuald, que así se llama el hombre que salió a respirar aire puro, se avergüenza de lo que hizo. Un hombre humilde y semitriturado por la maquinaria social. Músico de ocasión. Superviviente. Su gesto no es heroico, pero sí bastante humano y, por tanto, comprensible. En base a la seguridad, en base al raciocinio, a la comunidad y las ordenanzas, uno acepta mantener durante unas horas un comportamiento exquisitamente gregario, pero a veces, ante un exceso de presión o, como es el caso, el compromiso adquirido se incumple por parte de los patronos, los resortes humanos saltan. No estamos diseñados para pasar un tiempo indefinido encerrados en un tubo y con un espacio que cada vez, debido al beneficio de los caporales aéreos, es más reducido. El ataque de ansiedad, la claustrofobia, la desesperación o como quieran llamar a lo que le ocurrió a Romuald, le puede suponer una multa de 45.000 euros. Algo imposible de afrontar por parte de este hombre amparado por Cáritas. Si los jerifaltes aéreos tuvieran que pagar a ese precio sus despropósitos, mañana mismo estaban ellos también en régimen de hospicio.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos