Las trampas del pensamiento positivo

JOSÉ MARÍA ROMERA

Entre los abundantes estragos causados por la literatura de autoayuda, el no menor es la carga de culpabilidad que hacen recaer sobre quienes, cumplidores a rajatabla de sus preceptos, no consiguen salir del abatimiento ni alcanzar la felicidad prometida a condición de seguir las recetas de turno. Al malestar de origen se les agrega entonces un sentimiento de fracaso que redobla su dolor: no son las víctimas de una dolencia sobrevenida, sino sus causantes últimos. Es su propia incapacidad para aplicar los remedios lo que les ha traído hasta ahí. Sienten, desolados, que mientras otros han salido adelante arropados en ideas optimistas y consignas motivadoras -les «ha funcionado», en el lenguaje de la superchería-, a ellos ese estilo de pensamiento no solo nos les saca del pozo sino que los enfrenta a un deprimente contraste. Resulta así que lo que se nos presenta como una bienintencionada batería de pautas mentales y conductuales para alcanzar el bienestar se torna una sarta de autorreproches que nos enfrenta a nuestra pequeñez, a nuestra impotencia, a la condena a sufrir sin remedio.

La psicología positiva, principal material de construcción de los libros de autoayuda, se sostiene en la dudosa idea de que emitiendo mensajes optimistas quedarán erradicadas las causas de todo malestar. El bien llama a la felicidad y la alegría llama a la salud. Basta con desear fervientemente que algo bueno nos suceda para que los sueños se cumplan y las penurias se esfumen como por arte de magia. En consecuencia, el que se confía a esta clase de recomendaciones vuelca todo su empeño en pensar de una determinada manera, más que en buscar remedio en los especialistas o, en el peor de los casos, en resignarse a admitir la cruda realidad. La sobrevalorada voluntad se erige así en clave para salir de la depresión, vencer los miedos y sentirse plenamente realizados y felices. Todo sería perfecto si diera resultado; pero lamentablemente casi nunca ocurre así.

El individuo contemporáneo oscila entre dos actitudes igualmente patológicas a la hora de afrontar sus pesares: o bien se hunde en la aflicción victimista que atribuye la culpa a otros, o bien se considera causante único de cuanto le ocurre, cargando sobre sus espaldas la responsabilidad de lo que considera un fracaso personal. El pensamiento positivo, pese a su apariencia indolora y a menudo angelical, acentúa esta segunda perversión. Al inculcar en el doliente la idea de que saldrá adelante si confía en sus propias fuerzas, si desarrolla su capacidad de resiliencia, si pone buena cara al mal tiempo y, en definitiva, corrige su actitud negativa, lo que le está diciendo en último término es que ahí se las arregle. Dado que todo depende de él, si fracasa al tratar de poner en práctica esas recomendaciones infalibles es porque carece de las mínimas habilidades para hacerlo bien. Dicho de otro modo: no solo está pasando por un mal trance, sino que además es un inútil que nunca saldrá de su estado por falta de recursos propios para hacerlo. Autoestima en estado puro.

LA CITAKahlil Gibran «La tristeza es un muro entre dos jardines»

Por desgracia uno no elige sus problemas ni mucho menos cómo sentirse cuando estos hacen acto de presencia en su vida. Las teorías que otorgan a la mente la facultad de intervenir sobre la realidad por sí misma distan poco de las creencias mágicas del niño que se tapa los ojos para ahuyentar lo que le produce miedo o del aficionado que aprieta los dientes en la grada creyendo que de ese modo insufla energía al ariete de su equipo a punto de lanzar un penalti. Es cierto que necesitamos sentimientos positivos que nos disuadan del derrotismo y nos estimulen a afrontar las contrariedades de manera menos destructiva. Pero al mismo tiempo conviene aprovechar el potencial resolutivo de otras actitudes y emociones injustamente desacreditadas que nos pueden ayudar en determinados momentos. A veces la rabia, el miedo, la indignación o la ira son mejores antidepresivos que la paciencia o la serenidad: además de tenerlas más al alcance de la mano, nos impulsan a la acción reparadora.

Otro de los efectos perniciosos del exceso de positividad es que, al dar tanta importancia a la ideación del deseo, nos arriesgamos a conformarnos con ese estado fantasioso como si equivaliera a haberlo conseguido en la realidad. A primera vista puede considerarse un buen antídoto contra el fracaso, pues vendría a decirnos que los sueños incumplidos ya aportan satisfacción por sí solos, por el hecho de habernos aportado el placer de fabricarlos y de vivir en su compañía. Pero, ¿qué clase de motivación puede suponer a la larga el conformarse con albergar esperanzas que nunca se verán cumplidas? ¿No estaremos confundiendo el combustible con el narcótico, el aliento vital con la renuncia resignada a alcanzar objetivos ambiciosos?

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