¡Trágala!

Antonio Garrido
ANTONIO GARRIDO

No creo equivocarme si afirmo que Fernando VII ha sido el peor rey que ha tenido España. No entraré en analizar sus cualidades personales con detalle, basta destacar que le escribía a Napoleón alegrándose de sus éxitos contra los pobres españoles que luchaban por 'El Deseado', que su madre lo odiaba hasta no poder más, que era cobarde, mentiroso, rastrero, analfabeto; en fin una prenda. En su haber hay que señalar que bordaba aceptablemente y en cuanto a su grandeza parece que solo se la podía atribuir a su miembro de tamaño desmesurado.

Cuando volvió de la comodísima 'prisión' que el Corso le preparó a la familia se encontró con la Constitución de 1812, la Pepa, la que se redactó mientras los franceses bombardeaban Cádiz. La juró, qué remedio, pero él era del Antiguo Régimen, el de aquí se hace lo que me da la gana porque soy rey por derecho divino, nada de populacho, libertad y esas zarandajas. La verdad sea dicha es que España, fiel a aquello de que nueve embisten y uno piensa, se encontraba hecha unos zorros y además con los virreinatos en rebelión. Como el monarca no cumplía lo jurado empezaron esos movimientos llamados pronunciamientos de tan fecunda tradición en estas tierras a la que trajeron mucha ruina y hasta mártires como nuestro Torrijos.

En 1820, Rafael de Riego encabezó un pronunciamiento en Cabezas de San Juan y triunf; con esta sublevación empieza lo que se conoce como Trienio Liberal. La dicha duró poco a defensores de las ideas avanzadas. En 1823, pese a haber pedido perdón, derrotado y acusado de alta traición, Riego fue llevado en un cerón a la plaza de la Cebada de Madrid, hecho un guiñapo. Lo ahorcaron y después le cortaron la cabeza. Todo fue obra del citado Fernando VII, 'El Choricero'.

Lingüísticamente, ¿estamos viviendo un trágala? No me cabe duda

Volvamos a 1820. El llamado Rey Felón tuvo que aceptar la Constitución de 1812 que es como el Guadiana de nuestra historia, unas veces aparece y otras desaparece. El bribón dijo aquello de: «Marchemos francamente, y yo el primero, por la seda constitucional», al mismo tiempo estaba pidiendo ayuda a las potencias absolutistas para que lo volvieran a poner donde siempre quiso estar. Las potencias mandaron al duque de Angulema con los 'Cien mil hijos de San Luis' para restablecer el orden.

En el breve periodo de tiempo del trienio el imperativo del verbo tragar se empezó a emplear con el sentido de jódete que hemos ganado. Fueron los liberales los que lo empleaban contra los absolutistas en una canción infamante, los absolutistas eran los serviles: «Por los serviles / no hubiera Unión / ni si pudieran Constitución / pero es preciso / roan el hueso / y el liberal / les dirá eso / ¡Trágala, trágala! / ¡Trágala, trágala ¡ / ¡Trágala, trágala! / vil servilón / ¡Trágala perro...»

No es un prodigio de lirismo pero es que el Trienio fue muy dado a estas cosas; tenemos como ejemplo máximo la letra y música del himno de Riego que llegó a ser oficial en la Segunda República. La palabra hizo fortuna y se convirtió en sustantivo con su artículo correspondiente: Esto es un trágala y no lo voy a admitir o el trágala que me planteas no me gusta.

En el uso del idioma este significado se fue matizando, se fue haciendo general y ya encontramos en Pérez Galdós, en «las tormentas del 48» lo que sigue: «Parecería una provocación, un trágala». Esta es la segunda acepción del diccionario: 'Hecho por el que se obliga a alguien a aceptar o soportar algo a la fuerza'.

No puede ni debe estar el filólogo en su torre de marfil, si es que la tuviere, y los momentos que nos toca vivir son de una gravedad extrema como ya he escrito en esta sección. Un análisis atento de los mensajes que se están produciendo, no de las opiniones, generalmente sin interés, muestra lo que se conoce como diálogo de sordos. Me refiero solo a los textos. ¿Hemos llegado al final? No lo creo, no sé en qué sentido evolucionará la situación pero los hermanos y los vecinos se tienen que llegar a entender de alguna manera aunque las porcelanas de la colección de la abuela corran peligro.

Lingüísticamente, ¿estamos viviendo un trágala? No me cabe duda. Quitando la hojarasca, los caminos dilatorios, las poses al exterior, todo lo que el avisado lector quiera, los independentistas solo desean el diálogo para acordar los términos de la separación, las autopistas por donde discurriría la ansiada república catalana, verdadera Jauja prometida. Algunas voces, generalmente nada imparciales, repiten como loros la palabra mágica: diálogo. La tradición popular nos recuerda que si uno no quiere es difícil o imposible caminar juntos ese sendero de preposición y sustantivo: a través de la palabra, que es el verdadero método.

La Constitución hay que cumplirla en todo lugar donde exista y donde haya un estado de derecho y no una pantomima. El trágala hoy es a esta democracia que tanto esfuerzo ha costado construir. En Francia me gustaría verlos, los jacobinos son muy suyos y la República es la grandeza de la Nación.

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