Con tradiciones

JOSÉ ANDRÉS TORRES MORA

Una vez me invitaron a participar en la Tuerka, el programa de debate televisivo de Podemos, y me preguntaron si eran compatibles el capitalismo y la democracia. ¿Y el comunismo, es compatible con la democracia?, les respondí. Porque de lo que no hay duda, añadí sin ironía, es que el comunismo y el capitalismo son compatibles, y si no me creéis, mirad China. No piense la amable lectora, o lector, que mis contertulios se sintieron muy afectados por la contradicción. Lo cierto es que poco hay que discutir con alguien que, al mismo tiempo que niega que nuestro sistema político sea una democracia, afirma que el régimen norcoreano es una república en la que la presidencia es hereditaria.

Dicho esto, según qué capitalismo, será más o menos compatible con la democracia. Desde luego, un capitalismo completamente desregulado no es compatible con la democracia, porque la dictadura, aunque sea del mercado, no es compatible con la democracia. Como tampoco lo es la dictadura del proletariado.

Últimamente, por razones de todos conocidas, se ha puesto de moda otro viejo debate, sobre si se puede ser nacionalista y de izquierdas. Y, naturalmente, dependiendo de la idea sobre qué es ser nacionalista y qué es ser de izquierdas que tenga la persona que conteste, la respuesta será una u otra. Sin embargo, el hecho de formular la pregunta ya es importante, porque, en efecto, hay cierta concepción del nacionalismo y de la izquierda que nunca han sido compatibles. Dicen que la hipocresía es el secreto homenaje que el vicio rinde a la virtud, y algunos veteranos dirigentes de ERC, provenientes de la tradición comunista del PSUC, saben de sobra que el nacionalismo y la izquierda no encajan bien. Quizá por eso he oído decir más de una vez a los portavoces de ERC en el Congreso que ellos no son nacionalistas, sino independentistas. Sin embargo, en su práctica política respecto a la cuestión territorial, y en algunas otras más, resulta imposible distinguir a un dirigente de ERC de uno del PDeCat. Por desgracia, la única herencia viva que les ha quedado de la tradición comunista es la facilidad para comulgar con ruedas de molino.

También es cierto que es mucho pedir a quienes no son capaces de distinguir la democracia del populismo, al PSOE del PP, o a una república de una monarquía, por muy comunista que sea esa monarquía, que distingan entre el nacionalismo de esa incierta izquierda que defiende la construcción nacional de Cataluña, y el proyecto federal de quienes, defendiendo la unidad de España, aspiramos a disolver las fronteras nacionales en proyectos políticos que incorporen cada vez a partes más grandes de la humanidad. Esta semana, en el congreso del SPD, el partido de los socialdemócratas alemanes, Martin Schulz, recordaba que ya en 1925 su partido defendió la creación de los Estados Unidos de Europa, y proponía Schulz una gran alianza de todos los progresistas europeos para hacer esos Estados Unidos en el 2025. Y es que la tradición de la izquierda es el internacionalismo, el nacionalismo es, además de una contradicción, un contratiempo.

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