Torroles, patrimonio inmaterial

Buscar suecas era landismo, pero también era la libertad a 12 Km

JESÚS NIETO JURADO

Hay calles que marcan toda una biografía. Y en mi caso fue la de San Miguel, con olor a perrito caliente, jazmín, a buñuelo y a nórdico requemado. Recuerdos de la primera mocedad, quizá una torre de apartamentos, varios letreros en alemán, los periódicos ingleses con Lady Di tostándose al sol y en vida. Aquel fue mi Torremolinos, que es el Torremolinos que mañana celebra la exquisita 'Litoral' con la presentación de su número dedicado a mi más querida localidad costasoleña: 'Torremolinos, de pueblo a mito'.

En Torremolinos tuvo que ser. En Torremolinos, Europa se instaló con fuerza en España; primero como un paraíso perdido, después como el refugio de aquel Tánger que se puso entre visillos y dejó su estatuto de ciudad libérrima y apátrida, y más adelante como lo más parecido a Nueva York al sol del Mediterráneo. Yo llegué en los últimos ochenta y aquel fogonazo de gentes del mundo, frente al Bajondillo, me dio mi primera lección de diversidad, de alegría, de verano y sus promesas. Yo andaba casi en el taca-taca, pero antes 'del habla' tuve de vecinos a un matrimonio holandés 'fumeta' y trotamundos, y eso ha tenido que marcarme. Los cordobeses quedaban a 20 kilómetros al Oeste aproximadamente; los madrileños pudientes brujuleaban con la riñonera y las bermudas, y alguien vendía pulseritas brasileñas.

Torroles fue una fiesta, claro, en la que participaron aquellos que no iban a cambiar el mundo -Edgar Neville- y sí a pasarlo bien, y aquellos que quisieron cambiarlo bajo la iluminación lisérgica (Lennon).

Puede que todo el brillo, y esa pátina cosmopolita de Málaga, la que tanto elogian en los medios foráneos, venga de aquel Torremolinos. Antes de que aquí cosiéramos los perros del crucerismo con longanizas, en Torremolinos probábamos el showarma, los dulces belgas, y el niño que fui yo iba creciendo en tolerancia y en acentos, en esos paseos nocturnos que iban de La Carihuela a Playamar. Mi vuelta al mundo estaba allí. Aquellos ecos aún perduran en esas escaleras mecánicas que alguien paró, un poco después de la música, en La Nogalera. O muchos años después, aquel 'Don't try to kiss me' de mi americana en el Tina's.

Ahora Iban Munárriz, en una de esas noches memorables, se asoma a la Costa desde su amplio ventanal a la bahía en el estudio elevado que tiene sobre el Palacio de los Navajas; y se tomará un vaso tranquilo de whisky escocés, y me habla de la belleza, del paraíso encontrado de Torremolinos. Viene desde Londres, y llega con empacho de Union Jack. El cosmopolitismo de Londres -insiste- está bien para no desayunar huevos con puerros, pero la libertad en las calles sólo la ha sentido cuando ve el jolgorio en la Cuesta del Tajo.

Torremolinos nos limpió, hará ya varias décadas, de la cerrazón y requesón rancio del franquismo. Al Sur la España negra dejó de ser menos negra. En Torremolinos la revolución llegó en torno a la buena vida y al sol. Ir a ver suecas en Torremolinos era landismo, sí, pero también una toma de postura del malagueño inconformista, vital, libertario. Aquel Torremolinos, patrimonio inmaterial de la Humanidad.

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