Torroles en el eje

Intruso del norte

Vertebrar el territorio geográfico y el de los sentimientos

JESÚS NIETO JURADO

Torremolinos. Noches de flores en julio. Los dompedros reventones a la altura de El Lido. Y ya La Nogalera vista desde mis ocho años como un Times Square de cerca. O la calle San Miguel, cogida de pitón a rabo, donde uno aprendió qué es la ONU y cómo de guapa es una danesa, mientras que uno -yo mismo- comía tortas vernáculas y cenaba calamares.

Después bajábamos por las escaleras del pueblo viejo a la playa esquinera donde me enamoré; de nuevo. Allá a mi frente bautizaron a mi hermana, y recuerdo un quiosco con forma de naranja que sólo vendía zumos. De modo que me gustó lo que publicó este periódico: que Torroles y Málaga hagamos frente común para atraer al foráneo. En el marco mental de fuera, de los de fuera, hay una distinción entre Málaga y Torremolinos, como una Roma y un Nápoles que andan pegados y que fueron y son uno y trino. Pero aparte la cercanía, los vasos comunicantes nos enriquecen de una manera que sólo apreciamos al tiempo. Cuando yo quiero sentirme en Nueva York, me bajo a Torremolinos, y hasta el rápido Portillo me devuelve esa ilusión del viaje. Ahora que ando de vagabundeo por Madrid, veo la Gran Vía como un intento de Torremolinos con teatrillos.

Yo, respetadme, aprendí la vida en Torremolinos. Cuando subí a Madrid, yo era la modernidad y eso del 'fast food' de calidad ni se había inventado en la Meseta. Se lo conté a Montano en la fiesta de LITORAL y me dio la razón. Allí, en Torremolinos, fue mi primer showarma, el primer cigarro, y de esto he escrito bastante. Porque de Málaga a Torremolinos media un abismo; un viaje de ida y vuelta que hay que hacer en viernes para comprobar que la disparidad del universo se puede palpar en un viaje en autobús.

En estas noches de julio veo Torremolinos en lontananza desde Pedregalejo, y el aterrizaje tranquilo de aviones presuntamente rubios que se ve desde mi espigón. Por llamada internacional desde Londres, mi amigo Munárriz me recuerda aquellas noches en las que yo era el 'rat pack' en El Colmao en Pueblo Blanco y quizá fui feliz.

Cuenta este periódico que van a volver los tiempos amorosos en que éramos uno y lo mismo. Se selló esta alianza en el #foroSur y bien que sabemos que es una alianza cargada de futuro. Es aquí, en estas vinculaciones, donde se vertebra el paraíso que tenemos frente a nuestras narices.

Málaga debe volver la vista a Torremolinos; aprender y desaprender esa convicción de no creeer en nada, y vivir al día, y tender a la eternidad y al goce y al cosmopolitismo en cada minuto. Málaga-Torremolinos es el eje por el que debemos enamorarnos de nuestras esquinas más cotidianas. En esos diez kilómetros escasos se esconden las razones de lo que fuimos y de lo que podemos ser. El hecho de visualizar este eje, supone ya un modo positivo de vertebrar el territorio geográfico y el territorio de los sentimientos.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos