Torremolinos, hotel de hoteles

Alfredo Taján
ALFREDO TAJÁN

En esta tarde gris con destellos naranjas paseo por La Carihuela. Vuelvo al Hotel Pez Espada, otra vez, siempre, el Pez Espada, emblema de una Málaga que ya no existe. Me alegra que se haya respetado el programa arquitectónico que Muñoz Monasterio y Jáuregui Briales proyectaron para este esplendoroso albergue de finales de los años cincuenta, con su torre helicoidal emergiendo solitaria en aquella playa virgen de jábegas varadas con ojos egipcios pintados en sus quillas. Aún hay alguna jábega volcada entre hamacas y algún turista reacio a volverse a casa. Es una pena que el mobiliario del Pez Espada no esté a la altura. Pienso en lo que han visto y oído las amebas del suelo de este hotel con dimensiones acristaladas, el mural de Jean Pierre François y la recepción con postales de colores terrosos; la nostalgia me invade cuando deambulo por la coctelería que se llama Sinatra: el cantante se alojó aquí con sus palafreneros, sus mafiosos, y se topó con su muñeca cubana, un anzuelo sexual que se llamaba Ondina. Aparte de Frankie, por aquí pasaron tantos personajes fugaces que miro a través de mi empañada copa de dry-martini el devenir de un tiempo ido: sombras, nada más, instantáneas fijadas en mi retina que nunca existieron sino en papel couché, y ni eso, hombres y mujeres que fueron a dar, huyendo de sí mismos, a este refugio hoy acotado, encajado, encerrado.

Hay una suerte de homenaje obsesivo en mi reconstrucción de la Costa del Sol: espacios míticos, soñados, inciertos. Cuando los dinosaurios dominaban la Tierra, Torremolinos ya existía y se comunicaba con los dioses del Olimpo; pero eran dioses en carne y hueso, y ahora es posible que vaguen sus fantasmas al caer la noche. El magnánimo Luis Callejón me contó que en su época tuvo el placer de acompañar a Soraya, al rey Faisal, a Perón e Isabelita, a los duques de Winsdor, a Kirk Douglas, a Balduino y Fabiola, a Novak, Welch, Cardinale, Loren, Bardot, Brando, Ustinov, Rock Hudson, seguidos de una serenata de sirenas y sirenos, pero Callejón me dijo que especialmente le había atraído la belleza gélida y luminosa de Gracia Patricia Kelly, no en el Pez Espada, sino en el Hotel El Pinar, donde cenó una calurosa noche de mayo de 1956 acompañada por su marido, Rainiero III, príncipe de un país de opereta. Mientras rememoro estas escenas que nunca presencié viene hacia mí un señor que parece extraído de aquellos días de jaleo, flamenco, vino y rosas: pantalón y mocasines blancos, guayabera celeste, gafas de sol de carey, panamá Alfonso Brown. Sale de un almanaque de páginas amarillentas. Se aproxima lentamente, sus pasos son sinuosos, su porte congela el aliento. De pronto se detiene, me tiende la mano y sin venir a cuento me comenta: «Desde 1959, vengo un mes todos los años». Pienso en sus noches análogas, sus pasadas treguas seductoras, en el lujo del anonimato, pienso, no ya en el Pez Espada, sino en Torremolinos como un hotel de hoteles.

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