De la Torre y las margaritas

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

Decía un escritor español que la reflexión lleva a la inacción. Con Francisco de la Torre eso no acaba de ser cierto, porque el hombre no deja de moverse e incluso a veces parece haber alcanzado el don de la ubicuidad. No hay peña, cofradía o reunión de antiguos alumnos donde el alcalde no haga acto de presencia y lleve la lección aprendida, como si en el pasado, y no sólo ahora que gobierna internet, también hubiera habido varios Franciscos de la Torre. No, con este señor el precepto reflexión/inacción no se cumple. El alcalde va reflexionando sobre la marcha, reflexiona mientras inaugura, mientras conversa con el autor de un cartel semanasantero o con un embajador de paso por esta ciudad que De la Torre tanto ha contribuido a poner en el mapa mundi.

Lo que ocurre es que la reflexión del alcalde no lleva la misma velocidad que sus piernas. De la Torre es un Hamlet permanente, un Hamlet sin calzas y sin fantasma que le susurre, pero siempre intentando llegar a lo hondo del dilema. A él quien le habla al oído es su señora. Incluso a veces le habla al oído por medio de una cadena de radio o de un periódico. Que es como si el padre de Hamlet le hablara a su retoño a voces desde las almenas más altas de Elsinor, reventándole de esa forma el secreto y la estrategia. Y eso es precisamente lo que quiere la esposa de nuestro Hamlet municipal, echarle abajo las elucubraciones y las tentaciones. Una alcaldesa consorte que se precie no sólo está para cronometrar las duchas del regidor, sino para desmenuzarle el porvenir y anunciarle los peligros.

Los zapatos de Francisco de la Torre están muy acostumbrados a pisar pétalos de margaritas. No se fía el alcalde de lo que le dicta la primera, ni tampoco la segunda, y cuando lleva deshojadas varias docenas resuelve que el azar no puede decidir por él e inicia de nuevo la reflexión. Sea sobre el trazado del metro o sobre cualquier cosa. Ahora le toca enfrentarse al gran dilema. Ser o no ser. Candidato. Él argumenta que debe ser el partido quien le ofrezca subirse al trampolín. El partido le dice que la piscina entera es suya. Doña Rosa, su señora, que está harta de tanto olor a cloro. Según su criterio, su marido ha hecho ya demasiados largos, demasiados miles de kilómetros. Él, al margen de los calendarios y las fechas de nacimiento, se encuentra en forma, tiene hambre de más natación. En el partido esperan su decisión. Elías Bendodo, armado de gran paciencia y ya viejo conocedor del laberinto De la Torre, pasea con el albornoz de la Diputación por la zona de calentamiento. No hay que descartar la antigua y fructífera estrategia del relevo, que De la Torre salte al agua y en el segundo largo Bendodo lo supla. Pero, claro, estamos hablando de Francisco de la Torre, y ahí pronóstico y enigma son la misma cosa.

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