Un tonto motivado

FRANCISCO APAOLAZA

Primero se trataba de sobrevivir, reproducirse, alimentar una comunidad, crear una familia, adquirir bienes, realizarse -¿se acuerdan?-, y después vino el teléfono, el wifi y ahora lo último es hacer cosas. La tendencia es estar metido en todos los saraos, ser parte. En hacer cosas, da igual si tienen sentido o no. Hay un tiempo en la vida en la que alguien se para a pensar. De pronto, el labrador dedica su tiempo al trabajo y a la observación sencilla de cómo les crece el pelo a sus mazorcas, de cómo se suceden atardeceres y amaneceres y de cómo, por ejemplo, la aparición de los caracoles y gusanos precede a la lluvia ligera, nunca torrencial. Alcanza un trance de observación sin pretensiones de explicarse a sí mismo constantemente. Ese es un momento en el que los escritores describen la forma y textura que tiene una naranja y Alejo Carpentier dibuja en 'Concierto barroco' cómo el amo «orina magistralmente, con chorro certero, abundoso y percutiente, en una bacinilla de plata, cuyo fondo se ornaba de un malicioso ojo de plata». Y de pronto, por la mañana, Macarena mira sobre las magdalenas del desayuno y suelta su pregunta como un torpedo ruso: «Papá, ¿para qué sirve el cuerpo?». Ahora no se piensa. Hoy hay que hacer: ser trending topic, firmar en contra del Toro de la Vega, independizarse de la UE, crear un estado de pret-a-porter en Cataluña, partir pueblos, reformar solares, recoger firmas sobre cualquier cosa. Vale, sí se puede, pero ¿para qué? Lo de menos es que sea una buena idea. Parte de la población vive instalada en un adanismo extenuante. ¿Puede Inglaterra vivir sin la UE y Cataluña fuera de España? Probablemente, pero ¿tiene sentido? Cuando nos convencieron de podíamos cambiar el mundo; quizás lo tomamos demasiado al pie de la letra.

Miren Rufián y la impresora. Apunta mi adorado Jorge Medina que hay pocas cosas peores que un tonto motivado. O tal vez todo responda al impulso secreto de la aventura en una vida insoportablemente llana. El bueno de Montano, que es a Amarna Miller lo que Arévalo a Marlène Morreau, rescató hace un tiempo una historieta magnífica de Piglia. Un tipo con la cabeza perdida agarra a un hombre que pasa por allí y le planta una pistola en la sien con el firme propósito de saltarle la tapa de los sesos. Un tiempo después, y sin motivo alguno, lo suelta, guarda la pistola y pide perdón al público espantado. El secuestrado se abraza a un amigo con alivio y alegría: «¿No es maravilloso? Por fin me ha sucedido algo.» Ojalá hacer menos y pensar más.

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