Tirar la toalla

Héctor Barbotta
HÉCTOR BARBOTTAMarbella

ES hora de que, quienes aún no lo hayan hecho, vayan perdiendo esa confianza dogmática, irracional, casi religiosa, en que todos los problemas que nos afligen se irán resolviendo mágicamente por la acción de la mano invisible del mercado. Durante años confiamos en que el tren a Marbella caería por su propio peso, impulsado por la cantidad de viajeros, el volumen de negocio, el indudable prestigio internacional de la marca, la demanda latente y la rentabilidad potencial.

Durante años todos estos argumentos que parecían sacados de un manual de economía elemental aparentaban tener más peso que cualquier otro tipo de razonamiento -como el de no dejar aislada de la red ferroviaria a una ciudad con casi 150.000 vecinos censados y quién sabe cuántos sin censar-, porque con el tiempo hemos aprendido que ante los argumentos económicos y la lógica de mercado las alegaciones morales o las apelaciones a la justicia adolecen de realismo y son portadoras de un infantilismo que no conduce a ninguna parte.

El tren y la alta velocidad, se decía, acabarían llegando a Marbella porque para las administraciones no habría proyecto más fácil de financiar y de justificar con argumentos económicos. Es hora de ir cambiando de religión. El Plan de Ordenación Territorial que la Junta de Andalucía está elaborando no para los próximos años sino para las próximas décadas descarta esa posibilidad con un argumento ciertamente inquietante: el territorio no soporta más infraestructuras. Se trata, traducido a un relato histórico sobre lo que ha sido el desarrollo de la Costa del Sol, de una confesión que todas las administraciones deberían hacer suyas. Durante décadas se permitió un desarrollo urbanístico al margen de cualquier planificación, a demanda de mercado, y ahora una línea de alta velocidad no se puede hacer porque no cabe. El futuro no encuentra lugar.

La propuesta de un tren que llegara a Marbella alcanzará este año la mayoría de edad. El entonces presidente Chaves la formuló en el año 2000, hace 18 años. Ahora la Junta de Andalucía tira la toalla asume por la vía de los hechos que no hay lugar para una vía y descarta, incluso, el recurso político de reservar suelo para meterle presión al Gobierno central.

En el mejor de los casos habrá que conformarse con un tranvía seguramente muy atractivo para quienes dispongan de tiempo para disfrutar del paisaje pero no para quienes consideren un absurdo consumir más tiempo en el viaje Madrid -Málaga que en el Málaga-Marbella. Se propone a cambio que se liberalice el peaje de la autopista, una buena fórmula para incentivar el uso del transporte privado y contribuir con nuestro modesto granito de arena al desastre medioambiental.

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