Golpe de dados

Otro tiempo, otro lugar

Alfredo Taján
ALFREDO TAJÁN

Era otra Málaga, era otro lugar que se llamaba Málaga, eran otras gentes las que habitaban sus calles, era otra España, la del futuro, la de la ilusión y el progreso, la España de los años ochenta. Me viene a la cabeza la suave ignición de aquel tema de Presuntos Implicados «ah, cómo hemos cambiado», y es verdad, pero también es mentira, todo fluye, grabó con piedra pómez sobre el mármol del cielo el gran Heráclito, aunque no sé si al final permanece el río, permanecemos nosotros, o si la existencia es pura invención, pesadilla o plácido sueño. Esta breve reflexión me sirve para hablar de los fragmentos de la memoria que quedan, a pesar de todo lo vivido, y que de vez en cuando regresan como esos amigos que aparecen un día en tu casa y te cuentan un relato falso de tu vida, creyéndoselo, además. Valgan estas nostalgias para informarles que hasta mañana puede verse en el Estudio de Ignacio del Río -calle San Lorenzo, 29- una delicada muestra de cámara titulada 'Entre manos' y que reúne a Paco Aguilar, Rafael Alvarado, Chema Lumbreras, Sebastián Navas y Enrique Queipo. Todos exigentes artistas plásticos, además, amigos míos; de alguna forma este artículo quiere celebrar la amistad y la excelencia del arte, cuando el arte roza fibras sensibles, místicas o sensuales, a lo William Blake.

Todos fueron mis compañeros de viaje de aquellos años en los que se trataban los temas con cierta ingenuidad pero con conciencia de época -las cuestiones se abordaban a vista de águila-, una conciencia de la que carecemos en estos momentos, inmersos, como estamos, en una edad de hojalata conceptual, política y moral. Uno de los artistas expuestos, Rafael Alvarado, escribe que «jugamos a algo difícil, a saber: hacer de la vida una forma elegante de estar y sentir el azaroso misterio del arte»; precisamente ahí se encuentra la clave: estos creadores plásticos son herederos de una década poliédrica en la que el compromiso se concebía como una forma de privilegio, en la que el respeto a uno mismo se hacía a través de las formas del arte, el estudio, la visita a museos, librerías y bibliotecas, diversos itinerarios autografiados por una refinada percepción. Sorprende, por tanto, este aperitivo de representaciones. Enrique Queipo, con dos papeles de colores y formas tan obsesivas como sugerentes; Sebastián Navas, con sus no-lugares nublados, tintas chinas pobladas de inquietantes espacios urbanos y sombras; Paco Aguilar, conocido maestro del grabado, que en esta ocasión enseña un par de esculturas distintas pero ambas de impoluta factura; Chema Lumbreras, con su animalia de contorsionistas al borde del abismo, personajes simpáticos que guiñan al universo del cine, a los dibujos animados y al cómic; y por último, Rafael Alvarado, adalid del citado compromiso, tanto ético como estético, pintor cuyas rupturas estilísticas están ampliamente meditadas. En realidad a estos artistas les une la consideración del estilo como una moral. Confesarles que yo siempre intuí que se traían algo «entre manos».

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