El tiempo detenido

El goce del silencio solo es posible si previamente se ha ganado la batalla a los demonios que todos llevamos dentro

FEDERICO ROMERO HERNÁNDEZ. JURISTA

El reloj de arena de la playa está mareado de tantos volteos. Se acaba el verano y, quizás, las vacaciones. No para nosotros los viejos, que ya hemos pasado la hoja roja del librito del papel de fumar, que nos avisa, según Delibes, que debemos apurar el caudal imparable de los minutos que huyen estrujando nuestra capacidad de amar, sino para todos los que vuelven a la rutina de los trabajos y los días, contentos o tristes de retomar eso que llamamos normalidad.

Algunos habrán sido seducidos por la llamada atractiva de los vendedores de sosiego, alojados en esos hoteles con encanto que la publicidad convierte en paraísos donde las aguas cantarinas, el rumor de las hojas o del mar, movidos por la brisa, y los óleos perfumados o balsámicos, extendidos en nuestra piel por las manos expertas de los onduladores de carnes, pretenden conferirnos pedazos de gloria con anhelos de perdurabilidad. Y cada vez que leo esas seductoras ofertas me pregunto si, una vez tendidos en la hamaca o arrellanados en los mullidos sillones, aparecerá el fantasma del aburrimiento y furtivamente deslizarán su mano buscando el entretenido puerto de la tableta o del móvil. También me pregunto qué rondará por las entrecanas cabezas de esas parejas, enfrentadas ante una cena o un daiquiri, en las que el silencio espera ser roto por la inspiración perdida o por el diálogo demasiado aplazado.

Y entonces pienso si muchos no habrán advertido que el silencio exterior, esté o no ambientado por un agradable fondo sonoro, solo puede ser alimentado por el fecundo y trabajado silencio de nuestro interior, conquistado por el intangible nutriente de la renovada capacidad de sorprenderse y de enamorarse. Pienso si sabrán enfrentarse con la propia imagen reflejada en el bruñido espejo de la sinceridad y de la humilde aceptación de la realidad del ser que somos. Como dice mi amigo Alfonso Crespo, en un libro que anda por los anaqueles de las librerías (Mi tiempo en tus manos): Vivimos en una sociedad que genera aquello de lo que ella misma reniega: vivir la vida a galope o dejar transcurrir el tiempo, sin sentido, como si estuviéramos enganchados a la noria de la vida y nos hubiéramos tapado los ojos con anteojeras para no ver que deambulamos en círculo, sin meta y sin dejar un paisaje para amanecer en otro... Pero en lo más profundo, todos anhelamos el tiempo detenido que procura la calma y recrea el silencio: vivir con la cadencia que marca el trabajo y el descanso como una sucesión creativa; gozar de los espacios de tiempo en los que simplemente no hacer nada, sin complejos de culpabilidad, permite gozar -parafraseo yo- de la serena mirada de la amada o de la charla amable con el amigo. Y Alfonso, sacerdote, añade: Y este puede ser Dios.

La fecundidad del silencio tiene su medida en el valor del contenido real de nuestro bagaje. El goce del silencio solo es posible si previamente se ha ganado la batalla a los demonios que todos llevamos dentro. Nunca estamos contentos del todo con lo que somos y hacemos, pero, si previamente los hemos aceptado, y, como en la parábola de las vírgenes prudentes, se nos sorprende enfrascados en la tarea de llenar nuestras lámparas con las gotas de nuestro empeño en ser un poco mejores, encontraremos el sosiego en cualquier parte, sin necesidad de la aportación complementaria del ambiente proporcionado por el encanto de un hotel. Todos los años nos retiramos algunos amigos a la Abadía de Santo Domingo de Silos, donde las horas, señoriales y amenazadoras, marcan el ritmo pausado de la vida... y el reloj es el alertado y oculto prior (Alfonso Crespo), pero todos sabemos que la fecundidad de nuestro retiro no depende de la augusta solemnidad de las piedras monacales, sino del modesto equipaje de nuestra disposición interior para alcanzar y hacer el bien.

Me honro de haber sido amigo de un obispo de Málaga. Digo 'haber sido' y, sin embargo, siento que lo soy, aunque hace muchos años que no lo veo. Cambió la púrpura por una desgastada sotana para finalizar sus días cuidando espiritualmente a los ancianos de un asilo del que es capellán. Ese asilo está en Melilla. Y Alfonso Crespo ha puesto en el frontispicio del libro que antes cité, una frase de don Ramón Buxarrais -ya habréis caído en que a él me refería-: «Esta ciudad (Melilla) es ahora el claustro de mi Monasterio». Ambos (Ramón y Alfonso) nos invitan a explorar el sosiego de nuestro claustro interior. Y entonces dará igual que estemos entre los vapores del baño turco, o de un spa, o en medio de los apestosos efluvios emanados de un autobús callejero.

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