Tiempo de brasero

La rotonda

José Miguel Aguilar
JOSÉ MIGUEL AGUILAR

Expira octubre y en el pueblo cae la tarde con premura. Languidece el día y la copa de carbón que calienta el hogar está presta para ser confinada en la mesa camilla que es sinónimo de invierno. Por la mañana, la abuela, vestido de luto riguroso, de negro tizón, con el pelo recogido en un roete entre pinzas desvencijadas y pañuelo mustio al cuello, sale desgarbada a la calle chubesqui en mano para preparar el brasero de cisco. Una hora después, la estufa casera hará de las suyas encima de la tarima con la que proteger del frío unos pies cansados y atribulados.

Este relato no forma parte del pasado como muchos creen, imbuidos en una modernidad rodeada de cables y tecnología de la que se sienten huérfanos cuando la obsolescencia reclama un cambio de aparato. ¡Qué inventos! Esta historia es muy habitual y forma parte de la tradición, llegada de los ancestros familiares que enseñan unos a otros una forma de supervivencia vigente actualmente (demasiadas casas en numerosos pueblos siguen sin estar suficientemente a resguardo de las inclemencias meteorológicas). En los pueblos hay otro ritmo de vida diferente al de las ciudades, otra forma de comunicarse entre los vecinos, otra forma de matar el tiempo cuando la edad limita los movimientos y restringe las capacidades. Siempre quedará el televisor como animal de compañía con el que compartir los ratos y despejar los pensamientos, escurridizos, volubles, melancólicos. Siempre oteando el pasado, los recuerdos, la nostalgia.

En muchos pueblos de Málaga, más de los que algunos creen, el invierno es una oscuridad palpable, no tanto por la desaparición del sol como por la falta de vida en una estación ciertamente desabrida. Esta provincia tiene la virtud de poder vivir confortablemente orillada en paseos marítimos de vistas maravillosas, pero también entre riscos de cimas elevadas y simas profundas, entre montañas que frenan el viento y laderas que cobijan la humedad. La capital es un balneario en esta época y el interior es un coto cerrado de escaso bienestar.

Además, en estos días en los que brota el dolor, con el 1 de noviembre a la vuelta de cementerio, se hace más dificultosa la existencia, con la muerte revoloteando alrededor, la memoria ida, las evocaciones presentes, y la añoranza de ese ser querido más fuerte que nunca. La morriña se hace insoportable. El día de Todos los Santos no hay nada que celebrar. Horas insufribles que obligatoriamente hay que pasar.

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