TESOROS

Antonio Javier López
ANTONIO JAVIER LÓPEZ

Si cierro los ojos un instante puedo sentir la dulce aspereza del esparto en las yemas de los dedos, la mano firme de mi padre en mis costillas, haciendo palanca mientras tira con la otra del cordón suelto hasta ceñir en mi cintura el cíngulo. Esa palabra, cíngulo, hace saltar los recuerdos como una espoleta. Y esos recuerdos siempre me llevan a mi padre. Su silencio concentrado en las horas previas, el ritual de cogerse el dobladillo con unos imperdibles para que no asome el pantalón por debajo de la túnica, la medalla colocada siempre en una posición que sólo el conoce, los guantes blancos con tres costuras en el dorso mirando por encima de su cíngulo, junto a los martillos de madera de limonero. Recuerdo haber olido durante años aquellos martillos nuevos cada Lunes Santo. Hay quien los usa de metal o de maderas nobles, pero mi padre siempre prefirió el limonero y supongo que eso habla de él mucho más de lo que nunca dirá de sí mismo.

Mi padre limpiaba sus martillos con un paño, los tomaba como la mano de mi madre, delicado y firme, decidido y callado. Pero la voz de mi padre resuena en mi memoria dentro de la iglesia de los Mártires, dando indicaciones para sacar aquel trono tan grande por aquella puerta tan chica, porque mi padre lo tiene todo en la cabeza, las maniobras de los varales, la posición de los mayordomos, el cimbreado fatídico del palio, el momento justo en que debe sonar la banda de música, los hombres que hacen falta en cada varal en cada momento de aquellos minutos que puedo ver con los ojos cerrados esta mañana en el Palacio Episcopal, todo por culpa de una palabra, de un cíngulo, el que llevan los monjes santos alrededor de la cintura en estas esculturas barrocas que tanto me recuerdan a mi padre, a su manera espartana de vivir todo lo relacionado con esta semana hiperbólica, a su silencio infranqueable en medio de tantos golpes de pecho.

He acabado en el Palacio Episcopal, rodeado de los recuerdos de mi padre, justo el día del nombre de mi madre, así que mi terapeuta ya tiene material para los próximos meses. El hábito escueto, la barba entonces negra, el cíngulo de estos personajes me traen sin remedio la imagen de mi padre, su manera de entender estos días -la vida entera, en realidad- desde el sacrificio, la entrega y la modestia. Santos llegados al Episcopal para la exposición 'Tesoros de Capuchinos' que pone ante los ojos la belleza barroca que guarda en su interior la parroquia de la Divina Pastora. Una iglesia de barrio junto a un antiguo cuartel que hasta hace unos años sirvió para meter dentro a quienes vienen en busca de una vida que merezca ese nombre, aunque tengan el color de piel equivocado. Me gustan las iglesias como la de la Pastora o San Lázaro y supongo que eso también se lo debo a mi padre, porque creo haber heredado de él esta visión del mundo un poco luterana, más protestona que protestante.

Los santos de la Pastora salen a la luz en el Episcopal en una exposición que reivindica los tesoros de esta parroquia periférica que ahora recupera el esplendor perdido gracias al tesón de gente que también me recuerda a mi padre porque no quieren salir en la foto ni galones en la solapa, sino que encuentran su reconocimiento en el trabajo serio y callado, en la resolución cabal y diligente de los asuntos que consideran importantes sin darse ellos importancia.

Así que me gusta pensar que 'Tesoros de Capuchinos' es algo más que una exposición, aunque sólo sea en mi cabeza. Que este proyecto quizá sea una excusa para pensar en toda esa gente de todas esas parroquias que mantienen con vida durante todo el año el patrimonio, la labor social y el afán pastoral de esos lugares a los que entregan su tiempo y su esfuerzo, sabiendo que nunca brillarán en una portada, que nunca les colgarán una medalla que no sea la que ellos gastan desde hace años.

Una medalla como la que luce mi padre en el espejo retrovisor de su coche de su segunda mano, como la que llevamos cada uno de sus hijos en los coches que pudimos estrenar. Porque esa medalla, aquel cíngulo y estos recuerdos son nuestro tesoro.

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