Terremotos

Alfredo Taján
ALFREDO TAJÁN

Lo bueno no dura mucho, y si es bueno y breve, dos veces breve, nunca bueno. La otra noche presentamos, en un primoroso acto organizado por el Ayuntamiento torremolinense -aprovecho para dar las gracias a su alcalde José Ortiz y a Sebastián Lara-, en la Casa de los Navajas, el libro 'Torremolinos, de pueblo a mito' que bajo el frontispicio de la Revista Litoral ha visto por fin la luz, esa luz 'horizontal' de la que hablaba Altolaguirre, 'luz deicida de luz' de sus islas invitadas. Lo bueno es siempre fugaz porque la desgracia y la maldad se apresuran a sustituir los vientos caritativos de este otoño. Recordaré el día de ayer, veinte de octubre, como un compendio agridulce, sujeto a vaivenes y a blasfemias. Vaivén letal el mexicano. Debe templar el Caribe sus tendencias abismales, y abisales. México, precisamente, debe su atractivo a esa suerte de contrastes. Escribió uno de sus mayores intelectuales, José de Vasconcelos, que a México «le hace falta no sólo educación sino además misericordia». Pienso en su antigua metrópolis, España, que también se lacera a sí misma en cuanto la dejan, y sin embargo, al contrario de México, nunca ha estado ni tan lejos de Dios ni tan cerca de Estados Unidos. El terremoto mexicano viene repitiéndose como un bucle de muerte. En 1985 sufrió otro temblor que causó miles de víctimas. Esta vez ha sido muy cerca de Distrito Federal donde se ha situado el epicentro, y Ciudad de México, con cerca de diez millones de habitantes, ha vivido una pesadilla sísmica que se ha cobrado centenares de muertos y desaparecidos. Sin embargo, mexicanos han mostrado una valiente solidaridad hurgando en los bajos de los edificios demolidos, buscando los cadáveres de sus conciudadanos, ellos, tan dados a exhibir calaveras, nos han superado a todos por su colaboración unánime, todos a una, como en Fuenteovejuna, en silencio o cantando su segundo himno, 'Cielito lindo', canta y no llores, lo que ahora mismo me embarga el corazón y me empaña la mirada.

Pero el veinte de octubre también ha sido una jornada negra para la democracia consensuada por todos en 1978. Aquí hemos sufrido otro terremoto. La astucia maniobrera de la Generalitat nos ha hecho corresponsables del fracaso de una derecha y una izquierda catalanas que en unión contranatural desean romper la baraja sin pagar sus fugas; a esto se suma el empobrecimiento cultural de Barcelona. Como ha declarado Vargas Llosa: «Hoy día no conozco la ciudad cosmopolita en la que viví más de cinco años, el nacionalismo es un virus que se ha extendido peligrosamente»; y no sólo en Cataluña, otras zonas de Europa, con regímenes nada ejemplares, proponen delirios similares. Sin ir más lejos, la Turquía islamista de Erdogan, los caudillismos xenófobos de Polonia y Hungría, el imperialismo de la Rusia de Putin, representan una falsa moneda. Por eso ahora, y más que nunca, no hay que enmudecer, hay que dar la cara y hay que rechazar esa moneda.

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