La tercera España

Hoy los populismos y los extremismos reniegan de la Transición, cuando fue el único momento en el que se logró alcanzar la concordia e instaurar las reformas necesarias para una democracia

CRISTÓBAL VILLALOBOS. ESCRITOR E HISTORIADOR

La idea de las dos Españas comienza a fraguarse a finales del siglo XIX, cuando Benito Pérez Galdós utiliza este término para referirse a la división de las élites alfabetizadas de nuestro país en dos bloques: el liberal y el conservador, división que sin duda procedía de la llegada de las primeras ideas ilustradas a España, prácticamente un siglo antes. En su novela 'Doña Perfecta', Pérez Galdós habla de una España integrista, formada por una antigua aristocracia y una burguesía moderada que se abraza al fanatismo, a la intolerancia y a la rutina, frente a una España renovadora, formada por una burguesía reformista que ansía el progreso, la ciencia y el liberalismo.

Durante la crisis de la Restauración, en el reinado de Alfonso XIII, es cuando nace la expresión de las dos Españas, tan manoseada, cuando Galdós, en su último Episodio Nacional, 'Cánovas', habla del divorcio entre la España real y la España oficial, dominada por una burguesía que controlaba la economía y se emparenta con la vieja aristocracia, renegando así del papel liberalizador que se le atribuía en un principio.

Para el escritor canario, el liberalismo español fracasa al no ser capaz de eliminar los aspectos negativos de la tradición, del conservadurismo español, y al unirse a éste por intereses mayoritariamente económicos, abandonando a su suerte a la España de la que provenía.

El mismo año que Galdós llegaba a esta conclusión, Antonio Machado ponía en verso el problema de las dos Españas en el poema titulado 'Españolito', incluido en su obra 'Campos de Castilla'. Ya se sabe: «Españolito que vienes al mundo, te guarde Dios...».

Dos años más tarde, en 1914, don José Ortega y Gasset, en una conferencia celebrada en el Teatro de la Comedia de Madrid, bajo el título 'podemita' de 'Vieja y nueva política', abraza el concepto galdosiano de las dos Españas: una España, dice Ortega, oficial, empeñada en perpetuar una época fenecida, y una España vital, regeneradora, «que no acierta a entrar de lleno en la Historia».

Es la radicalización de estas dos Españas, hacia el integrismo y la barbarie, ésta es una de las ideas de 'La Guerra Civil y la Tercera España' de Joaquín Riera, lo que nos lleva irremediablemente, guiados por unas minorías fanáticas, a la Guerra Civil, y a una división irreconciliable, que aún algunos se empeñan en perpetuar a pesar del paso de las décadas y los profundos cambios sociales.

Con el estallido bélico nace la Tercera España, siendo acuñado el término por el ex presidente de la II República Niceto Alcalá-Zamora, en un artículo titulado 'La Tercera España', publicado en Francia. En dicho artículo la definía como constitucional y parlamentaria, igualitaria, emanada de la justicia social y católica, en su mayoría, pero sin ser confesional. La Guerra Civil era la derrota por adelantado de esta España que pretendía superar la división cainita de los españoles.

Esa Tercera España sería una síntesis de las dos existentes e irreconciliables, para lo que se debía rescatar a la España vital de los radicalismos, añadiéndole el bagaje cultural de la España oficial, pero sin su dogmatismo, sin su corrupción y sus injusticias. Frente a una España reactiva y otra revolucionaria, una España reformista y de centro, una tercera vía que propugnaba una democracia liberal y estable, representada por intelectuales como Ortega, Sánchez Albornoz, Madariaga, Menéndez Pidal o tantos otros que, alejados ya de la República, pidiendo su rectificación, no quieren ser partícipes de la privación de libertades políticas de la zona sublevada.

Ejemplo de la postura de algunos de éstos hombres fue el periodista sevillano Manuel Chaves Nogales, que en el prólogo de 'A sangre y fuego: Héroes, bestias y mártires de España' se define como antifascista y antirrevolucionario. «Quiso permitirse el gusto de no tener ninguna solidaridad con los asesinos», independientemente de sus ideas políticas, o del mismo Unamuno: «Ni lo uno ni lo otro, que en el fondo son lo mismo», dejó escrito poco antes de morir de pena ante lo que se avecinaba.

Hoy los populismos y los extremismos reniegan de la Transición, cuando fue el único momento en el que, en pos de la reconciliación nacional y la búsqueda de una convivencia pacífica, se logró alcanzar la concordia e instaurar las reformas necesarias que nos llevarían a un régimen democrático tras la dictadura.

Este proceso, que nos ha permitido disfrutar de la etapa de mayor desarrollo económico y social de nuestra historia, así como de nuestro periodo de paz y convivencia más duradero, sólo fue posible por la moderación de las fuerzas políticas de izquierda, así como por la evolución de la derecha hacia posturas más liberales merced al desarrollo económico y social del tardofranquismo. Es decir, desde el centro, desde los espacios de encuentro y entendimiento, donde es posible el debate.

Frente a aquellos que piden destruir lo edificado con tanto esfuerzo durante aquellos años, sin proponer gran cosa a cambio, los españoles tenemos el deber de enorgullecernos y reclamar el valor de esa Tercera España, pues es la que nos tiene que guiar, y no nuestra historia de desencuentros y violencia, hacia un futuro de progreso y nuevas esperanzas.

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