Teoría del iceberg

JUAN FRANCISCO FERRÉ

Al terminar de beber, conviene siempre mirar el fondo del vaso. Pero es recomendable observar antes la engañosa superficie del líquido, haya o no hielos flotando. En España, con el calor, le echamos hielo a cualquier cosa. Hemingway amaba España, escribió sobre toros y la guerra civil, sin cursilería ni romanticismo. Y mientras bebía litros de daiquiri o Martini seco, mirando el paisaje desolador de la copa vacía, imaginó una curiosa teoría que vale para todo. En una novela, un cuento, o en la vida, lo que se ve es la punta del iceberg. El signo minúsculo de una masa monstruosa. Así es la sentencia de la trama 'Gürtel'. La sentencia es solo la punta del iceberg que permite calibrar la enormidad oculta bajo capas de falsedad mental y documental. Nadie puede pedir a los jueces que describan a la perfección los entresijos de una ingeniosa trama digna de un contable de la mafia, ni impedir que expresen su juiciosa desazón por no poder llegar hasta el fondo oscuro de las cosas. Como en la parábola sufí de los ciegos, los jueces identificaron al elefante muerto por partes. Una oreja pútrida, una pata deforme, una trompa corrupta, un rabo fétido. En el mercado de la opinión abundan los juristas metidos a gacetilleros que juzgan gratuitas las acusaciones no probadas. La mirada no profesional del escritor suele ser más justa. La noche anterior a su caída intercambié con un amigo poeta divertidos anagramas sobre el nombre del presidente censurado. La mayoría eran indecentes. Es lo que pasa por llamarse M. Rajoy y tener una caja negra llena de secretos y mentiras. Así en la vida como en el partido.

Cuando naufragó el Titanic, Joseph Conrad, novelista polaco y antiguo marino, escribió un análisis riguroso sobre las causas del hundimiento de la mítica nave y negó la versión oficial. Según los expertos, se decidió esquivar el iceberg y este chocó contra el costado de estribor, abriendo brechas en el casco. La maniobra correcta hubiera sido embestir con la proa del transatlántico la peligrosa mole de hielo. Mientras el Titanic se hundía, el capitán comprendió el error y ordenó a la orquesta que siguiera tocando en cubierta. Para Conrad, era imposible evitar la catástrofe. No para Rajoy. Quiso sortear el iceberg de corrupción que se le venía encima y recibió el golpe lateral con violencia inusitada. El naufragio era cuestión de horas. El bolso de Soraya Sáenz de Santamaría ocupando el asiento del gran ausente de la sesión es la punta del iceberg de otra trama política aún en curso. Con o sin Mariano Rajoy, el PP puede hundirse. Europa también hace aguas, pero esa es otra historia. Cuando el hielo se funda, los ciudadanos se quedarán absortos mirando el fondo del vaso, como Hemingway, y pensando, al fin, en el futuro.

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