Tareas y lecturas

JOSÉ MARÍA ROMERA

Es la vida la que enseña y no la escuela, dijo Séneca. Las vacaciones serían un buen momento para aplicar esa máxima, si no fuera por el temor de padres y educadores a que dos meses de playa y piscina echen por tierra lo conseguido en ocho meses de aula. Así que de nuevo aparece el debate sobre las tareas vacacionales, un derivado un poco 'light' de la disputa sobre los deberes en general. Sus partidarios consideran que las tareas cumplen la función de reducir la brecha entre estudiantes de distinto nivel social. Si nadie las hiciera, los enviados a hacer cursos de inglés en el extranjero sacarían distancia a los que permanecen en el pueblo familiar y los que visitan museos volverían en septiembre con más conocimientos que los embrutecidos por la tele y el fútbol. Pero también es cierto que el descanso instruye por sí solo, siempre y cuando no se confunda vacaciones con 'vagaciones'. No hay que subestimar el poder formativo del contacto con la naturaleza, los juegos en grupo o la práctica del deporte.

Quizá la discusión se acabaría si las llamadas tareas dejasen de ser una prolongación de la escuela y sus métodos para plantearse como un aprendizaje extracurricular, por decirlo en la jerga del ramo. Colegios y profesores tendrían que considerar la posibilidad de incluir en sus programaciones no solo las actividades puramente escolares, sino también estas otras en las que cada niño o niña se ejercitara según el tipo de vacaciones que fuera a pasar. No es tan difícil. Sobre todo si se piensa en una práctica infalible: la lectura. Nadie que lea regularmente en el verano acumulará retrasos para el curso siguiente. La mejor manera de no echar por la borda lo conseguido durante los meses de escuela no es incurrir en una redundante continuación de los mismos procesos, con frecuencia al cuidado de unos padres convertidos en malos profesores sustitutos, sino en cultivar por medio de la práctica lectora las habilidades adquiridas.

A nadie que lea una o dos horas al día se le olvidará discurrir, imaginar, reflexionar, crear y mantener viva la curiosidad por más que durante algún tiempo haya dejado de resolver los ejercicios dictados por el maestro. Y con la ventaja añadida de que la lectura, si está bien elegida, no necesita ayudas ni refuerzos exteriores. Aquí la labor de los padres se reduce a crear las condiciones que la favorezcan. Si la madre y el padre creen que su deber consiste en imponer a los hijos unos tiempos determinados de tarea estudiantil, nada más recomendable que llenar esos espacios de libros. Está comprobado que quienes mantienen en vacaciones el hábito de leer encuentran menos dificultades de adaptación al nuevo curso escolar que los que vuelven con las tareas convencionales hechas. En vez de responder al tema «dónde he pasado este verano», la primera composición escrita del curso tendría que ser sobre «qué he leído en vacaciones».

Fotos

Vídeos