Tarea difícil y urgente

La labor para erradicar el turismo incívico comienza en casa, pero no se resuelve sólo a escala municipal

Héctor Barbotta
HÉCTOR BARBOTTAMarbella

EN estos días los ediles del gobierno y la oposición han hecho balance en el ecuador de la gestión del gobierno tripartito de Marbella y al escuchar a unos y a otros pareciera que unos y otros han estado viviendo durante los dos últimos años en ciudades distintas, diferentes a su vez del lugar en el que viven los vecinos. Ni una ni otra, en la que todo se ha hecho bien y en la que todo se ha hecho rematadamente mal, son las ciudades reales.

Exagerar lo malo y lo bueno, según la relación que cada uno ocupa con el poder institucional, está en el adn de los políticos, muy alejado de esa actitud que seguramente valorarían los ciudadanos de reconocer algún mérito al adversario o de, mucho más difícil aún, abrir una ventana donde se dejara entrar al menos una brisa de autocrítica.

También en estos días la llegada de los días más álgidos de la temporada turística está invitando a hacer lecturas igualmente opuestas de la situación de la ciudad. De un lado aparece el destino que vuelve a atraer un año más a los turistas más deseados, las celebridades que a su vez funcionan como imán para otros turistas; el que vuelve a presentar las tasas más altas de rentabilidad hotelera; el que cobra precios astronómicos por los alquileres de locales en algunas de sus zonas comerciales; el que acoge el programa más ambicioso de conciertos; el que justifica que las principales cadenas hoteleras del mundo hagan planes para instalarse porque saben que la inversión tendrá retorno con creces.

Del otro, también aparece el destino cuyas playas presentan un estado impresenable, con más piedras que arena; el que implanta fórmulas para erradicar la venta ambulante ilegal que sólo funcionan esporádicamente; el del turismo incívico y de borrachera que se empeña en convivir con el de alta gama, como si ambos fuesen compatibles.

No se trata, a diferencia de los balances de gestión que realizan los grupos políticos, de dos visiones distintas e irreales de la misma ciudad, sino de dos realidades que conviven, y frente a las que hay que trabajar para consolidar la primera y erradicar la segunda.

Es posible que las imágenes del turismo incívico que alarmaron durante semanas y que tuvo su episodio más preocupante en el atropello múltiple del último domingo de mayo, queden sepultadas por la mucho más edificante de la gran mayoría de turistas que, con más o menos presupuesto, llegan a Marbella cada verano para pasárselo sanamente bien y que alimentan con su gasto la economía de la ciudad.

Sin embargo, ello no debe servir como excusa para asumir que quedan tareas por hacer, porque es probable que ambas imágenes no puedan seguir conviviendo durante mucho tiempo más. Marbella tiene la ventaja de que está muy lejos de Magaluf, y las imágenes que llegan desde ahí pueden valer al mismo tiempo como alarma, como advertencia y como espejo de un destino al que no se quiere llegar.

El atropello múltiple sirvió como espoleta para advertir de que había que actuar. Es posible que se haya reaccionado tarde, pero no se puede decir que el Ayuntamiento haya permanecido en una situación pasiva desde entonces.

Varios clubes y establecimientos han sido citados en las oficinas municipales y se les ha advertido de que en el modelo turístico que se quiere impulsar hay un cierto tipo de actividades y también de actitudes que no tienen cabida. Es evidente que el Ayuntamiento no tiene competencias para imponerles a los responsables de un establecimiento a cuánto deben vender las copas o las cervezas o para obligarles a que no dejen salir a la calle a personas que van con el torso descubierto o en un estado que invita a quedarse dormido en el primer banco que encuentren. Pero sí lo tiene para controlar los decibelios, para conceder permisos especiales sobre horarios de cierre o de música en vivo. También para controlar con mayor o menor rigor si todos los papeles están en regla.

Hay establecimientos que han comprendido el mensaje y han comenzado a colaborar, pero el problema excede largamente las competencias municipales. Una gran parte de los turistas de borrachera que llegaron a Marbella en los últimos meses lo hicieron de la mano de operadores que pagan por adelantado a establecimientos de la ciudad y reservan paquetes que incluyen alojamiento y barra libre durante periodos que no exceden los tres días. Una vez que han aceptado dinero a cuenta hpor lo general la oferta llega en épocas de poca actividad y necesidades de caja-los establecimientos están obligados a respetar lo que han firmado.

La mayoría de estos paquetes se anuncian en páginas web británicas que utilizan publicidad engañosa (por ejemplo, con fotografías de clubes de playa que no forman parte de la oferta) sobre las que no existe control alguno por parte de las autoridades de Consumo españolas. No es inusual ver ofertas por tres días de alojamiento, desayuno y barra libre por 160 libras. Ya imaginará el lector qué tipo de cliente se puede sentir atraído por ese tipo de paquetes.

La labor para acabar con estas prácticas, como se ve, va más allá de lo que puede hacer el Ayuntamiento en solitario y requiere de la coordinación entre las instituciones y también de la colaboración empresarial. El problema es aún incipiente, pero las soluciones deberían comenzar a arbitrarse cuanto antes.

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