Tangas a un euro

La atracción por lo global no debe alejarnos de la autenticidad del mercadillo

Txema Martín
TXEMA MARTÍN

Se ha formado un revuelo y, pese a que esta es una época para compartir, hay quien no comparte la extrañeza ante el hecho de que se haya producido una cola de cientos de mujeres dispuestas desde la madrugada a ser las primeras clientas en acceder a la nueva tienda de lencería multinacional de la calle Larios. La apertura de Victoria's Secret se ha revelado como un evento esencial para una parte gruesa de la ciudadanía, que se desvive de manera exagerada por las exclusivas y por las compras como si no hubiera un mañana. Por gastar. Está claro que no se puede exigir el mismo nivel de expectación por ejemplo ante la presentación de la nueva colección del Pompidou, porque al final la mercadotecnia se abre paso en un territorio ya de por sí postrado a un consumismo que nos muestra sus consecuencias en todo su esplendor, y con el matiz que incluye ese aroma a 'Bienvenido Míster Marshall' que atañe a todo lo que pasa en esta bendita ciudad. Como les pasa a todas últimamente, supongo.

La apertura de esta tienda en todo el meollo de ese parque temático que ahora es el centro de Málaga debe ser asumido como un acontecimiento social de primer orden. La expectación del personal es una de las evidencias de este hecho. También es conocida la pasión que asalta a la gente por cualquier cosa que sea gratuita, aunque aquí lo único que se regalaba a las celestiales sufridoras que hicieron cola desde las seis y pico de la mañana consistía en un globo dorado monísimo, y en un neceser que a saber lo que llevaba para las 100 primeras heroínas que acudieran a la tienda. ¿Todo por un globo? No, también existe una pulsión inevitable por ser los primeros.

Aunque pueda parecerlo, describir a Victoria's Secret como una mera tienda de bragas sería una infamia en el mundo de la moda, y de esto sabemos algo, porque sólo en la calle Larios ya son seis las tiendas dedicadas en exclusiva a la picardía. Por su parte, los desfiles anuales de Victoria son un verdadero primor, incluyen pequeños conciertos de los artistas más top y no importa lo que te guste: siempre caes admirado porque es un ejercicio de erotismo, un culto a la estructura ósea que resulta difícil de despreciar. Hay un cierto sector del feminismo que califica a esta marca como un horror. El éxito de su promoción entra de manera inevitable en la lógica mercantilista: para ellas la mercancía son los accesorios, para los hombres la mercancía son las propias mujeres. Pero Victoria's Secret, como fenómeno global, propone un feminismo 'post' basado en asumir que hay mujeres que en su libertad se proponen convertirse en un objeto de deseo, porque eso es lo que les apetece. Y hablando de marketing, la atracción por lo global no debe alejarnos de la autenticidad del mercadillo, donde también se venden picardías al grito de «tangas a un euro, la que no lleva bragas es porque no quiere».

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