Tabarnia

JOSÉ MARÍA ROMERA

Más allá del neologismo y la humorada cartográfica, la irrupción de Tabarnia en el debate catalán ha venido a acentuar las contradicciones del movimiento independentista. No está mal que de vez en cuando los argumentos se vuelvan contra quienes los emplean creyendo gozar de su monopolio. Si Cataluña puede segregarse de España sin tener en cuenta la voluntad del resto de los españoles, no hay motivo alguno para oponerse a que una parte de Cataluña pretenda lo mismo para sí. Estaríamos ante una especie de juego de 'matrioshkas' tanto más absurdo cuanto menor fuera la escala a la que lo aplicásemos, pero de alto poder aleccionador. Desmontar las sinécdoques sobre las que se ha construido el discurso soberanista es una tarea moral necesaria. Si la broma de Tabarnia sirve de denuncia contra quienes tomando el todo por la parte se atribuyen la representación del pueblo catalán, bienvenida sea.

La controversia catalana nos había llevado a la principal conclusión a la que llevan casi todas las discusiones humanas: lo que uno quiere para él se lo niega a los demás. Que las reacciones a la 'boutade' -o no tanto- del nuevo territorio hayan sido tan indignadas revela, además de cierto déficit de sentido del humor entre los aludidos, hasta qué punto el aliento independentista venía cargado de trampas. Divierte ver la histeria con que algunos responden a razones que hasta hace poco salían de sus bocas. Pero o la broma va más en serio de lo que parece o sus promotores han tocado alguna fibra desconocida que la ha hecho pasar inesperadamente de la guasa al proyecto con visos de futuro. Y es ahí donde en vez de solucionar un problema se corre el riesgo de agudizarlo. Porque Tabarnia es más de lo mismo: un trozo de territorio que pretende desgajarse de otro con la excusa de la diferencia, una parte de la sociedad que confunde sus anhelos con los del resto y una idea identitaria delimitada por las coordenadas geográficas.

Los mapas ejercen sobre quien los observa una fascinación peculiar, derivada de su poder simplificador. Crean la ilusión de homogeneidad en todo lo que aparece pintado con el mismo color. Por hacer tragar al soberanismo su propia medicina se ha ideado un nuevo ente dentro del cual nos quieren hacer ver que todos se sienten políticamente distintos de quienes quedan afuera. En el 21-D ni la 'Cataluña interior' ha votado en masa por el independentismo ni en la ficticia Tabarnia ha arrollado el voto constitucionalista. En realidad las diferencias reales a uno y otro lado de la raya son de otra índole: sociales, culturales, económicas. Es decir, la Cataluña urbana y rica frente a la Cataluña rural y pobre. Bajo la excusa de la reacción al independentismo puede estar abriéndose una nueva brecha peor que las ya existentes, que no son pocas: la de la desigualdad. Más leña echada a arder en la hoguera del odio.

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