SUMISIÓN QUÍMICA

Lalia González
LALIA GONZÁLEZ

Feministas, educadores, forenses están alarmados por el incremento de casos de lo que se ha dado en llamar «sumisión química». Es un fenómeno de siempre al que ahora se ha puesto nombre, y aunque yo vengo defendiendo que nos dejemos de envolver con tecnicismos la realidad, son dos palabras bien descriptivas de lo que se trata y que vienen bien para aislarlo: anular la voluntad para abusar, normalmente de una mujer y sexualmente, y de camino asegurarse la impunidad, porque la víctima no recuerda nada de lo sucedido.

Los casos de la deleznable 'Manada' sevillana en un segundo delito, además del de los sanfermines, cometido en un pueblo de Córdoba, o el que se investiga ahora en Antequera, son la punta del iceberg de un nuevo capítulo de la violencia contra las mujeres que se ha de nombrar, localizar, avisar a las mujeres en riesgo y combatir con nuevas medidas.

Aunque esto de echar sustancias en las bebidas sea tan antiguo como la historia, han aparecido nuevas drogas y se ha multiplicado el consumo y el acceso a las pastillitas, por lo que se han disparado los casos. Lo dicen médicos de urgencias, por ejemplo, que atienden cada vez más episodios en las madrugadas de fines de semana. La fama se la lleva la burundanga, pero basta con echar en una copa un orfidal, o cualquier sustancia similar de las que hay barra libre, para obtener los mismos efectos.

Frente a ello, existe una nueva y bienvenida sensibilidad acerca de que las cosas no son tolerables por mucho que estén normalizadas, como ha pasado con el abuso o el acoso.

La sumisión química merece pues abrir un nuevo frente de lucha. Para que se cambien los protocolos y se practiquen las pruebas rápido, antes de que las sustancias desaparezcan, para que las chicas no caigan, para que ellos no cometan el delito, para que se afine en la persecución.

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